“Si pedimos lluvia, puede que en vez de ésta nos envíen ciclones”: ¿regresar a Redfield?

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Robert Redfield (1897-1958).

Recientemente me he adentrado al estudio de trabajos que tienen que ver con la milpa maya y los discursos agrarios, históricos, míticos y organizativos de los campesinos de Quintana Roo con la frontera yucateca, esos pueblos como Xquerol, Sacalaca, Sabán, Uaxmay, Tihosuco y Tepich, que guardan un pasado poco inexplorado por la historiografía dominante, aunque han sido vistos como los escenarios principales de la Guerra de Castas. Más que frontera, la veo como una subregión que traspasa las jurisdicciones estatales.[1]

Pues bien, no poseyendo ni la teoría ni la práctica de los conocimientos más rudimentarios del sistema milpero y su importancia como eje articulador de la sociedad maya yucateca, me adentro con respeto, cautela y humildad en mis preguntas: ¿cuál es la relación actual de la milpa maya en la estructura organizativa de una región periférica a la sobremodernidad turística?, ¿cómo se encuentra la milpa y su vitalidad en este tiempo de desequilibrios ambientales a nivel global, de las sociedades comunicativas y su inmediatez tecnológica que afecta el ritual antiguo y las percepciones de vida de la gente del campo?, y, sobre todo, ¿qué enseñanzas del pasado reciente podemos obtener para enfrentar los retos actuales del presente? Me he hecho de una bibliografía que va del universo xolocotziano, hasta textos que tienen que ver con la historia agraria y turística de la región. Revisando el libro La milpa de los mayas, un texto seminal en el estudio del sistema milpero, me sorprendió una serie de párrafos que comentan ese aparente mundo cerrado por una serie de mitos entre la sociedad campesina peninsular:

“En realidad, como son pecadores e imperfectos [los milperos], parten de la premisa de que no se merecen nada, de modo que si llueve, ello se debe a la gracia de Dios que, en esta ocasión -pero quién sabe si en la próxima- los perdonó. Es así que lo que nosotros concebimos como aleatoriedad climática, para ellos aparece como ejercicio de la voluntad divina, cuyo fundamento es la premisa de que los hombres son pecadores. Esta premisa es la que explica al milpero por qué puede ser tan errático el régimen pluvial. Finalmente, sobre las espaldas del pecador descansa la variabilidad climática”.[2]

Es decir, el fatalismo determinista que impregna este fragmento (se cita a Landa para remachar la idea), hace de los milperos una especie de monjes contemplativos, atrapados por fuerzas divinas que tienen que contentar mediante un “ritual” barroco y una serie de ceremonias agrícolas jamás puestas en duda. Especialistas en el “mundo maya”, han visto como “costumbreros” a esta “cultura milenaria”. Desde luego que acepto el ritual y el ceremonial agrícola, pero en pláticas que, de 2012 a la fecha, y todavía antes, he venido sosteniendo con los milperos del centro de la Península, esta idea de “pecadores”, aunque se presente, también va de la mano, con las nuevas generaciones de milperos, de explicaciones más plausibles, más materiales y menos romantizadas por un sesgado discurso antropológico. Considero que los científicos sociales tenemos que situar el relato no entre el mito y la teoría cultural, sino en el simple espacio del diálogo abierto y sin visos de academicismo ramplón. Los “costumbreros”, los “buenos salvajes” a ojos de una mirada colonizada de matriz occidental, no son los mismos de hace un milenio, aunque tampoco de hace 50 años, y en este sentido no podemos soslayar los cambios, pero también las continuidades desde el inicio del contacto indoeuropeo:

“Sin lugar a dudas los mayas tenidos por ‘costumbreros’ han ejercido y siguen ejerciendo una especie de fascinación (harto comprensible, por otra parte) sobre múltiples estudiosos, que en no pocas ocasiones han apostado a una ‘pervivencia’ cuasi automática de rasgos prehispánicos, soslayando el análisis de los cambios registrados (en forma y contenidos) durante el largo periodo colonial y el convulso siglo XIX”.[3]

Y soslayando, del mismo modo, el análisis de los cambios registrados en el indigenista siglo XX mexicano, siglo de la concreción –administrativa, política, carretera, urbanística, turística- del Estado en la antigua zona rebelde del oriente de la Península: el estado de Quintana Roo.[4] Ayer mismo hablé con un amigo de Tihosuco, profesor que defiende su cultura maya y está comprometido en su revitalización mediante el arte que enarbola. Me dijo: “Como dicen los abuelos, le wóolkabo bey ak winkilale’, el mundo es nuestra imagen y semejanza. Es mi otro yo. Si yo no lo cuido, quién entonces. Nadie quiere vivir sucio, con dolor. Pero hemos perdido el cuidado, el respeto a la tierra, a lu’um, y parece que todos siembran en puro ts’íik lu’um,[5] ya nadie pide permiso cuando tumba el monte. Hemos devastado tanto sin pensar en las generaciones futuras. Ya nadie hace ritual antiguo en Tihosuco; entre los nuevos milperos, los pocos que se atreven a hacer milpa cuando no se van a la zona turística, se ha perdido eso. El maya actual sabe que si destruyes a la tierra, si la contaminas, el cambio climático tarde o temprano nos afectará”.[6] El turismo ha incidido mucho en estas prácticas milperas. El Hotel gravita ahora más que el mecate en regiones adyacentes a las zonas turísticas. Y el cambio climático, desde luego que es otro factor con el que se tienen que enfrentar los campesinos actuales. Hace como nueve años, mientras hacía trabajo de campo en el centro de Quintana Roo, en una vagoneta que iba a Señor, dialogué con un campesino de alrededor de 50 años, me dijo que hacer “ch’a chaak” u otras ceremonias agrícolas, con “el cambio climático”, conllevaba un peligro: “Waa kak k’aat cháake’, ma’ xaan tuuxta’ak to’on Chak ik’alo’obi’”. “Si pedimos lluvia, puede que en vez de ésta nos envíen ciclones”.

Pero el cambio no ha sido solamente climático, y no se ha dado de la noche a la mañana. Hace casi 80 años, Robert Redfield, maestro de Villa Rojas y figura totémica de la antropología mexicana, al interpretar las transformaciones de una “cultura  de transición”, como era la yucateca postrevolucionaria –muy distinta a los actuales procesos de “ensamblajes” turísticos globales, de una sociedad de comunicación que ha roto las recoletas subjetividades sociales en la Península-, habló de “la decadencia de los dioses”: la secularización e individualización de la estructura social a medida que se pasaba de Tusik, Chan Kom, Dzitás y Mérida:

“La decadencia y desaparición de los dioses y las ceremonias paganas que se observa a medida que se pasa de Tusik a Mérida, puede considerarse con toda evidencia como la suplantación de la cultura indígena por la europea, pero puede reconocerse también como un aspecto del carácter relativamente más secular de la vida en la villa y en la ciudad. En los pueblos, los dioses del bosque, de las milpas y de las abejas se hallan muy próximos al hombre, están plenamente definidos y diferenciados y se les rinde culto en rituales bien determinados. Los chaacs están identificados íntimamente con la lluvia; cuando las nubes se acumulan, el nativo puede anunciar que ‘los chaacs están cabalgando por el cielo’. A los balamob, guardianes de la milpa y del pueblo, se les oye por la noche en los silbidos y susurros del bosque”.[7]

Pero en Dzitás, refería Redfield, no faltaban los que se burlaban de estos “seres sobrenaturales”. Se le ha hecho demasiadas críticas al trabajo de Redfield sobre el continuum folk-urbano, todo se restringe en decirle “evolucionista”, cuando no difusionista, anti boasiano, defensor de ideas periclitadas por su tufo decimonónico (la dicotomía que presenta Redfield en  su libro precitado, fue descrito como el de “un contraste vagamente evolucionista entre las comunidades primitivas y campesinas analfabeta homogéneas, religiosas, familiares y personalizadas y la sociedad urbana alfabeta, heterogénea, secular, individualizada y despersonalizada”[8]). Considero que sus propuestas hay que repensarlas, discutirlas nuevamente, pues forman parte de la tradición de la ciencia antropológica mexicana,[9] y su labor es antecedente inexcusable para los “yucatecólogos”, aunque Redfield no analizó pueblos, villas y ciudades de la sierrita con distinta dinámica a la del oriente peninsular. Cuando escribía su cardinal texto, Mérida era el centro de las dinámicas modernas: la que tenía la dirección en términos políticos, económicos, culturales y sociales en la década de 1940. Hoy, la irradiación económica y en donde se presenta más genuinamente esa fachada de “modernidad”, además de Mérida, se dan en las zonas turísticas de la Península.

Encajonados entre la antigua zona maicera y lo que fueron alguna vez los “bosques orientales” de la territorialidad cruzoob, Xquerol, Sacalaca y Sabán, pueblos que habían sido abandonados en la segunda mitad del siglo XIX como consecuencia de la Guerra de Castas, gravitan en la dinámica turística. Hoy, las propuestas de secularización y de “desindianización” que Redfield vio barruntos en la dinámica peninsular de ese entonces, se ha acendrado por motivos que tienen que ver, primordialmente, con lo glocal, estatuidos desde los marcos educativos (indigenismo castellanizante), comunicativos, migracionistas, reflujos de una marea de supuesto cariz “modernizante”.

En Sacalaca y Sabán, dos pueblos importantes de la “ruta de la guerra de Castas” en Quintana Roo, el internet, las comunicaciones tradicionales (radio, televisión, periódicos) y las migraciones de los lugareños a la Riviera Maya, Cancún y las islas, han modificado profundamente la vida, las subjetividades y los imaginarios de ellos. La presencia del turismo en estos paisajes rurales se da como anhelo o verificación de su exclusión, aunque por medio de dependencias como la CDI, se han intentado proyectos que no han tenido continuidad.[10] Otros pueblos mayas como Ichmul y Xquerol (los que, junto con Sacalaca y Sabán, he denominado como el corredor folk-turístico), cuentan con dinámicas similares en cuanto a producción agrícola, apícola, aunque las discursividades del turismo -la inserción de sus comunidades en dicha semántica- es menor. El cambio es innegable. El turismo, sea por su falta o su lejanía, y que en términos de bienestar y desarrollo social es cuestionable para las poblaciones mayas, no se sustrae de estas poblaciones, al menos en los imaginarios sociales.[11]

En este contexto, ¿cómo se presenta la milpa en tiempos del turismo y en tiempos del completo abandono del campo? Desde luego que uno está consciente de los cambios suscitados en esta gran región peninsular, a tono con el envejecimiento progresivo de la clase campesina mexicana.[12] La edad promedio de los productores de autoconsumo de las Unidades Económicas Rurales de la Península (el 77%), es de 55 años. Es decir, los cambios en los patrones laborales es un hecho eminente. La milpa maya envejece, y frente a esta problemática real, no podemos soslayar los cambios acaecidos en las mismas percepciones de los campesinos en torno a la milpa. Las propuestas de revitalización mediante universidades como la UIMQRoo, donde se encuentra una Ingeniería en Agroecología, son más que bienvenidas en este contexto difícil para el campo peninsular en tiempos del turismo y de cara al cambio climático.

Hay que decir que los mayas actuales de Quintana Roo no solamente invocan las plegarias a los yuntzilobs del turismo, no creen solamente que alguien “arrejunta las nubes” con caballos voladores en el cielo cuyas pezuñas hacen caer las lluvias, tampoco están convencidos de que alguien los escucha en el monte ubérrimo de la burocracia, algunos piensan que el arux es un aire que arrastra hojas, otros que es un político con disentería verbal, y en fin, que a los yumbalames y a los señores del monte hay que pedirles permiso “por si las moscas”. Saben también del cambio climático, ven las acciones que el hombre, el hombre blanco en Nichupté, Tajamar y Holbox, ha realizado contra la madre tierra. No solamente creen en fuerzas cosmogónicas difíciles de explicar. Ellos interpretan, y al interpretar, leen los acontecimientos naturales. Ciencia de lo concreto,[13] o ciencia disruptiva si la interpretamos en términos de lo que Boaventura de Sousa Santos ha indicado en su famoso discurso sobre las ciencias: “la ciencia posmoderna sabe que ninguna forma de conocimiento es en sí misma racional; sólo la configuración de todas ellas es racional. Intenta, pues, dialogar con otras formas de conocimiento dejándose penetrar por ellas.[14] El famoso diálogo intercultural es, desde luego, un diálogo de saberes, de creencias, de tradiciones científicas en igualdad de circunstancias.

No por nada el estudio que hace Bernardo Caamal Itza sobre el xok k’íin, un conocimiento “global e integral” de una ciencia de lo concreto (no le pide nada a la ciencia en términos de occidente), donde pone en práctica los antiguos saberes milenarios de los abuelos mayas. Frente a la continua sequía que puso en aprietos los cultivos de la región central de la Península, en 2008 “el Arux”, como es conocido este comunicador oriundo de Peto, comenzó a perfeccionar la práctica del “xok k’íin.”[15] Al principio ayudado solamente por su familia, en la actualidad cuenta con el apoyo de profesionistas dedicados a la biología y a temas de la cultura maya, así como milperos de diversas localidades de Yucatán y Quintana Roo. Juntos conforman el Colectivo Xok k’iin, en esa lectura del clima para el mes de enero. En 2011, el PNUD se interesó y apoyó esta propuesta de defensa de la comunidad. Para el Arux, “las cabañuelas mayas” “permiten que se recupere el hábito de la observación y la apreciación de la naturaleza” entre el pueblo maya.[16]

En un folleto dado a conocer en el 2017, podemos adentrarnos a los umbrales de esta ciencia de la milpa, ciencia compleja y humanista, pues cultivar la tierra “supone tener un conocimiento profundo de todos los elementos que intervienen para que las semillas germinen y se desarrollen con plenitud”. Nada más importante que la soberanía alimentaria de los pueblos, pues esto implica la autonomía material, necesaria para otros tipos de autonomía como la política y la cultural. Por medio del xok k’íin, sabemos que el nido de la yuya (la famosa oropéndola), su tamaño y sus características, son indicios de lluvias abundantes o sequía inminente. La floración de árboles como el “béek” y el “ja’abin” igualmente forman parte de los bioindicadores. Las hormigas, las chachalacas y algunas plantas que desprenden olores especiales, forman parte de los zooindicadores para el campesino que todo lo apunta, graba y registra en su memoria. Caamal Itzá lo ha puesto por escrito, pues él y el colectivo xok k’iin están convencidos de la importancia de “reposicionar este concepto milenario ante los suyos”.[17] ¿Regresaremos a Redfield? Mejor pasemos del turismo a lo folk, de la obra en el hotel a la milpa del saber. Los campesinos de Tusik o de Ichmul nos esperan en este camino que recorremos sin el tren de Dzitás.

[1] Esta gran subregión (el oxímoron es necesario) recorre pueblos como Ichmul y Chikindzonot, hermanados con pueblos como Sacalaca y Sabán por migraciones que se dieron y por sus dinámicas propias. Un poco más arriba de la frontera, Dzitnup y Chan Kom serían otros pueblos de donde salieron campesinos yucatecos para repoblar Xcabil y Tihosuco. La historia de estas migraciones internas, están todavía por hacerse.

[2] Silvia Terán y Christian Rasmussen. La milpa de los mayas. México, UNAM-UNO, 2009, p. 49.

[3] Mario Humberto Ruz. “Credos que se alejan, religiosidades que se tocan. Los mayas contemporáneos”. En Mercedes de la Garza Camino y Martha Ilia Nájera Coronado. Religión maya. México. Enciclopedia Iberoamericana de Religiones-Editorial Trotta, p. 323.

[4] Concreción, al principio, en Chetumal y la mestiza Carrillo Puerto; y, luego, a los elementos de la burocracia se aunó el crecimiento exponencial del turismo a partir de la década de 1970, que dio como consecuencia los cambios en el paisaje ocurridos en la geografía costera de las zonas turísticas.

[5] Más que un juego de palabras, el ts’íik lu’um es una creencia. Significa “tierras que desorientan, que nublan el entendimiento”. Su remedio es prenderles una vela o veladora. Javier Gómez Navarrete. Diccionario Introductorio. Español-Maya. Maya-Español. UQRoo, Chetumal, 2009, p. 104.

[6] Conversación personal con José Manuel Poot Cahum, 6 de febrero de 2018, José María Morelos, Quintana Roo.

[7] Robert Redfield. Yucatán. Una cultura de transición. Versión española de Julio de la Fuente. FCE, México, 1944, p. 278.

[8] Marvin Harris. El desarrollo de la teoría antropológica. Una historia de las teorías de la cultura. México. Siglo XXI Editores, p. 167.

[9] Véase el texto de Felipe González Ortiz y Tonatiuh Romero Contreras. “Robert Redfield y su influencia en la formación científica mexicana”. Ciencia Ergo Sun. Vol. 6, número Dos, julio-octubre, 1999. Texto en línea: http://www.redalyc.org/html/104/10401517/

[10] Cecilia Medina Martín. Proyecto “La Ruta de la Guerra de Castas. Propuesta de diseño de una ruta turística patriomonial. UIMQRoo.

[11] Othón Baños. Globalización y cambio social en la Península de Yucatán. Una aproximación sociológica. Mérida, Ediciones de la Universidad Autónoma de Yucatán, 2017, p. 320.

[12] “En materia agrícola, México se queda sin productores jóvenes”. La Jornada, 15 de octubre de 2017, p. 33.

[13] En el capítulo “La ciencia de lo concreto”, de su libro El pensamiento salvaje, Levi-Strauss dio argumentos plausibles y valederos de esa especie de protociencia (si no es que ciencia) de los saberes de los pueblos “primitivos”: la observación total, el inventario sistemático, eran indicios de una ciencia en construcción: “Cada una de estas técnicas [agrícolas, económicas, producción social, material, cultural] supone siglos de observación activa y metódica, de hipótesis atrevidas y controladas, para rechazarlas o para comprobarlas por intermedio de experiencias incansablemente repetidas”. Claude Lévi-Strauss. El pensamiento salvaje. México. FCE, 1964. P. 31.

[14] Boaventura de Sousa Santos. Una epistemología del Sur: la reinvención del conocimiento y la emancipación social. México. Siglo XXI editores-CLACSO, 2009, p. 55.

[15] Conocidas también como “cabañuelas mayas”, se distinguen de ellas porque la lectura del clima es anual, y entran en juego los “bioindicadores”.

[16] Lilia Balam. “Cabañuelas, leer el entorno para el clima”. Revista Desde el Balcón. Miradas libres. Mérida. Año 8, Núm. 158. Enero de 2018, p. 11.

[17] Bernardo Caamal Itzá. U ja’abi iik’ o’ob (el año de los vientos). Xok k’íin 2017. (Folleto del colectivo Xook k’iin. 2017.

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Victoriano Huerta en la Siberia quintanarroense

Victoriano Huerta_traje militar

A nadie le pasa por alto la noticia de que el oriente de la Península, en tiempos del Porfiriato tardío y del Huertismo (1901-1914), se había convertido en la “Siberia tropical” donde cumplieron su sentencia, como “operarios”, los enemigos del régimen porfirista y de la dictadura de don Victoriano Huerta, “el Chacal”.[1] John K. Turner (1878-1948), el gran periodista estadounidense nacido en Portland, Oregon, en su famoso reportaje sobre el México bárbaro porfirista, se refirió de la siguiente manera de la región selvática y pantanosa del actual estado de Quintana Roo:

[…] El territorio de Quintana Roo se ha caracterizado como una de las Siberias de México, porque allí se ha llevado, en calidad de soldados-presos, a millares de sospechosos políticos y agitadores obreros. Aunque ostensiblemente se les envía a pelear contra los indios mayas, son tan duramente tratados que es posible que ni el 1% de ellos regrese a su hogar. No me fue posible conocer Quintana Roo; pero escuché tantas noticias de fuentes auténticas, que no tengo duda alguna de que mi opinión es correcta […][2]

 

Otra cosa comenta Turner sobre el general Ignacio Bravo, que se convirtió en el “Torquemada de Quintana Roo” en sus largos ocho años de terrible gobierno de déspota solitario en la selva palúdica: “Quintana Roo es la parte más insalubre de México; pero los soldados mueren en cantidad de cinco a diez veces mayor de lo que sería lógico debido a las exacciones de que los hace víctimas su jefe, el Gral. Bravo…Por cada soldado muerto por los mayas, no menos de 100 mueren por hambre y enfermedad”, robándose Bravo el dinero destinado a los aprovisionamientos de la soldadesca. Una colonia penal donde después de la “pacificación” de los mayas no habían venido obreros y campesinos a trabajar aquellas tierras feraces y exuberantes, sino una casta militar que esparció “la muerte y el exterminio por doquiera”.[3]  El paludismo y la mordedura de víboras, escolopendras y fauna nociva, así como el rebenque o la carabina de fieros capataces en los hatos chicleros explotados bajo las órdenes de Bravo, se ensañaban contra exiliados y desafectos del régimen porfiriano: diputados críticos, sacerdotes que hablaban más allá del púlpito, políticos inquietos, periodistas mordaces, comerciantes molestos y, posteriormente, familias enteras de zapatistas irían a parar con sus huesos en aquella lejana tierra del exilio. A muchos los destinaban, junto con negros alquilados de Belice, a abrir caminos entre matorrales calcinados, y ahí una bala de los budbitzones, o el machete de los cruzoob, los hacía pasto de las fieras del monte.[4]  En el ferrocarril que el gobierno construyó de Vigía Chico a Santa Cruz, los 70 kilómetros de vías decauville fueron conocidas como “El Callejón de la muerte”, pues cada durmiente que se sembró, se llevó con él a 5 hombres. Reos de la prisión militar de San Juan de Ulúa, la más temida de ese tiempo en el México porfiriano por sus famosas tinajas, llegaron a Quintana Roo para los trabajos del tren de Vigía Chico, con la promesa de que se le reduzca su condena a la mitad: pocas semanas después de estar bajo la fiereza de Bravo, pedían su regreso a Ulúa.[5]

A esta región de selva húmeda y tropical, con calores insoportables, difíciles de domeñar para gente de la meseta central, llegó, al despuntar el siglo, en 1902, un coronel del ejército mexicano originario de la etnia cora, jalisciense nacido en Colotlán, y salido del Colegio militar en 1876 con el grado de teniente: Victoriano Huerta (1845-1916). Al humilde muchacho, la carrera de las armas le llegó porque había ido a cursos de párvulos con el cura de su pueblo, aprendiendo a leer y a escribir, cosa rara en aquellos villorrios rurales decimonónicos; y porque cuando tenía 15 años había acampado un general en su pueblo de nombre Donato Guerra, en su lucha contra los franceses. Donato solicitaba un asistente para redactar oficios: el joven Huerta se ofreció y terminó becado en el Colegio militar donde sobresalió por su portentosa inteligencia y su sagacidad en matemáticas. En una visita para entregar reconocimiento a los cadetes destacados, el presidente Benito Juárez le dedicó estas palabras: “De los indios que se educan, como usted, la patria espera mucho”. Años después de este vaticinio de Juárez, con Huerta ya usurpando la silla, el energúmeno poeta veracruzano Salvador Díaz Mirón, reaccionario hasta las heces, le dedicaría estos vulgares epítetos elogiosos: “hombre extraordinario”, “noble, genial y bravo”, “héroe que lleva la enseña de la esperanza, el pabellón de la autoridad, el estandarte del honor”.[6] Pero para los revolucionarios que se levantaron en armas para vengar a Madero, Huerta era simplemente una cucaracha que:

“ya no puede caminar,

porque no tiene, porque le falta,

mariguana que fumar”.

Experto en mapas, al graduarse en 1876 laboró en el Colegio de ingenieros y durante muchos años del Porfiriato estuvo asignado al Estado Mayor presidencial. En la década de 1890, el Porfiriato arremetió contra los dos bastiones de resistencia indígena más importantes en aquel momento: los yaquis de Sonora y los mayas del oriente de la Península de Yucatán. Dicen que para que la cuña apriete, tiene que ser del mismo palo, y Huerta comenzó el camino de las armas combatiendo estas y otras rebeliones indígenas del país. En 1902, la rebelión maya aún no estaba apagada del todo, y aquí se presentó el coronel de Colotlán, un hombre ya hecho y derecho, formado en la dura faena de las armas combatiendo a los fieros yaquis de Sonora, bebedor empedernido de coñac Heneesy y consumidor de mariguana, como cuenta Paco Ignacio Taibo II. Venía a cumplir el encargo de su padrino, el general Bernardo Reyes. Venía a aniquilar de una buena vez por todas, la rebelión indígena más longeva del país. A Huerta, ingeniero versado en topografía, le correspondió abrir gran parte de “El Callejón de la muerte”, que une a Santa Cruz con el puerto de Vigía Chico: “a cañonazo limpio –cuenta el periodista Gabriel Menéndez-, ametrallando sin piedad a los indígenas que, en esfuerzo desesperado, pretendían evitar que las fuerzas ‘colonizadoras’ del general Bravo continuaran invadiendo sus dominios”,[7] Huerta supo hacer gala de la terrible fiereza que años después experimentarían los zapatistas de Morelos.

Otros que estuvieron en tierras de Quintana Roo combatiendo a los últimos defensores de Santa Cruz, y que tendría participación directa en lo que se conoce como la Decena trágica que marcó el fin del gobierno democrático de Madero, en febrero de 1913,[8] fue Aureliano Blanquet (1849-1918), quien estaban en tierras peninsulares desde 1896.  Blanquet era capitán primero a fines del XIX, nativo de Michoacán, había servido en los campamentos de Peto y de Tekax y se le tachaba de “conducta dudosa” en términos militares.[9] José Emilio Pacheco cuenta que en la campaña de Quintana Roo, Blanquet “desollaba a los rebeldes mayas y los abandonaba en la tierra quemada por el sol, además de otras atrocidades”.[10] Blanquet llegaría a conocerse como “el cancerbero de Huerta”, fue el que aprehendió a Madero y Pino Suárez en 1913, y tal vez sea el responsable directo de sus muertes, a iniciativa de Huerta. En la dictadura del Usurpador obtuvo la cartera del Ministerio de Guerra y Marina entre 1913 y 1914. Años antes, en 1867, formó parte del pelotón que fusiló al emperador Maximiliano y a Miramón y a Mejía, dándole el tiro de gracia al austriaco.

 

Blanquet
Aureliano Blanquet, “el Cancerbero de Huerta”.

 

Sobre las acciones militares de Victoriano Huerta en las selvas del oriente de la Península, su biógrafo, Michael C. Meyer ha escrito las pocas páginas que podemos rescatar de su terrible estancia. Meyer indica que, en sus campañas militares contra los mayas rebeldes, Huerta utilizaría estrategias similares a las que utilizó contra los zapatistas de Morelos. Estas acciones militares estribaban en “registrar, ocupar y defender”. En octubre de 1902, el plan de Huerta había surtido efecto, pues había logrado replegar a los últimos combatientes rebeldes. De aquel más de un año de estar en campaña militar en el tórrido trópico peninsular, databa los problemas de cataratas de Huerta, que lo forzaron, durante el resto de sus días, a ponerse las clásicas gafas con el que sale retratado en casi todas sus fotos de campaña militar.[11]

En mis trabajos de archivo en busca del pasado de Yucatán y Quintana Roo, de vez en vez me topo con textos curiosos, algunos estrambóticos, otros memorables, algunos más, dignos de rescatar y dar a conocer para dilucidar el presente, apelando al pasado. La siguiente transcripción, tiene que ver con la estancia del coronel Victoriano Huerta en Quintana Roo, donde, según el autor, su “generalato” lo obtuvo gracias a las mentiras y a la “usurpación” de funciones. Tengo que escribir, aquí, que el que glosa el texto del testigo presencial, fue Juan Sánchez Azcona y Díaz Covarrubia (1876-1938), un periodista opositor al régimen porfiriano y que fuera amigo y secretario personal del presidente Madero. Desde luego, Huerta no fue santo de la devoción de Sánchez Azcona, y este documento tendremos que leerlo teniendo presente esta información. Por lo demás, los datos que presentan son interesantes para entender los últimos momentos de la resistencia indígena cruzoob. Transcribo el documento para los lectores de Noticaribe.

Diario de Yucatán, México, domingo 13 de julio de 1930. Los últimos veinte años. Cómo obtuvo el generalato Victoriano Huerta

Relato de un testigo presencial. Desde muy atrás Huerta había exhibido su desbordada ambición personal y su absoluta falta de escrúpulos. Se apoderó del mérito de otros. Siendo coronel dio parte de una acción guerrera en que no tomó parte, pero que le sirvió para ascender.

Relato de don José R. Portillo, glosado por Juan Sánchez Azcona

En mi sentir, la causa verdadera de los constantes sacudimientos que ha sufrido el país en los últimos diez años, después de que el movimiento maderista había abierto con su triunfo una nueva era de evolución, de justicia, de renovación y de esperanza, fueron la acción y la actitud condenadas ya en definitiva por la historia, de un hombre: Victoriano Huerta.

            Esa personalidad ha de proyectarse sombríamente, con inevitable frecuencia, en estas páginas reporteriles; y, en consecuencia, es interesante ir conociendo, lo más que sea posible, las características de dicha personalidad de conciencia pavorosa.

            Siempre fue el mismo: ambicioso, ladino y falto de escrúpulos, desde las aulas gloriosas del Colegio de Chapultepec hasta los artesonados salones de su Presidencia sangrienta usurpada, y de la cual fue arrancado venturosamente por la ira popular que ardía en las banderas del constitucionalismo.

            Abro hoy un paréntesis en los relatos que voy haciendo de la iniciación del maderismo, que fue la de esta Revolución que todavía no concluye, para transcribir a mis lectores una comunicación interesante, que me ha sido hecho por mi viejo correligionario el señor don José R. Portillo, quien tiene datos copiosos para poder escribir un delicioso libro: “Memorias de un Telegrafista”, y debería dedicarse a hacerlo.

            Me comunica el señor Portillo:

            “México, D. F., a 13 de junio de 1930.

 

DE CÓMO OBTUVO EL GENERALATO VICTORIANO HUERTA

Hoy hace 27 años se desarrolló un pequeño hecho de armas en San Antonio Muyil, del ahora Territorio de Quintana Roo, lugar perdido en la espesa jungla maya y donde los indios rebeldes habían establecido la Ciudad Sagrada o Capital de su territorio, después de haberles sido arrebatada por las armas la antigua Chan Santa Cruz, el 5 de mayo de 1901, cuando entró victorioso el general Ignacio A. Bravo.

            El hecho de armas fue pequeño tomando en cuenta su valor material; pero de alta significación militar y política, pues habiendo caído en nuestro poder casi todos los generales, como Patricio Sun, León Pat, May y otros notables jefes mayas, vino como resultado la pacificación casi automática del Territorio ahorrándose muchas vidas y fuertes gastos.

            Fui uno de los pocos oficiales que estudiaron profundamente las costumbres mayas, llegando a dominar casi el bello idioma de Nachí Cocom, y ese conocimiento me hizo concebir el plan que dio al traste con la revolución indígena.

            Sabía que el 13 de junio, día de San Antonio, Patrón de la Ciudad Sagrada, se reunían en ella los principales jefes, quienes celebrarían sus ritos entre místicos y profanos y terminarían la comida con fuertes libaciones de Balché, especie de cerveza india obtenida de la fermentación de la corteza del árbol de igual nombre y la cual produce una embriguez desconcertante. También sabía que a sus bomberos (centinelas colocados en todas las entradas, encaramados en los más altos árboles a guisa de atalaya y provistos de bombas de pólvora que hacen detonar al observar la presencia de cualquier peligro), les llevan en las solemnidades una comida especial y abundante Balché, de tal suerte que calculé que al atardecer era seguro que, descuidando su misión, se embriagarían concienzudamente a tenidos a que ese día el Nohoch Yum (el Gran Dios) velaría por ellos.

            El que relata, era en esa época Teniente Telegrafista del Campamento de Xcán, lugar cercano a Muyil, y expuesto el plan a los entusiastas oficiales oaxaqueños Ortiz Bolán, Ortiz Lozano y Pérez, lo aprobaron desde luego y se formaron tres pequeñas columnas a las órdenes de cada uno de los citados con unos 30 soldados juchitecos cada columna. Jefe: el Mayo F. Matus.

            El éxito fue brillante. Después de un ataque rudo que desconcertó al enemigo, por lo inesperado, cayeron en nuestro poder todos los generales y jefes indios, inclusive el Gran Justicia de Yotzonot, terror de los prisioneros que caían en sus manos.

            Se llevaron los presos a Xcan y grandes fueron nuestras cavilaciones después del triunfo al considerar que las falanges rebeldes, fuertes aún en miles de hombres, nos atacarían desde luego para recuperar a sus jefes.

            Se llevó a cabo un Consejo de Guerra, opinando algunos oficiales que la salvación sería una fusilada general, excepto un preso que sería libertado para que informara a los suyos de la inutilidad de un contra-ataque. Me opuse a la determinación triunfando al fin mis razonamientos, escapando de la muerte aquellos infelices que posteriormente fueron enviados a varias poblaciones para civilizarlos.

            Por las dudas se tomaron toda clase de precauciones en nuestras posesiones. La noche y primeras horas del día siguiente se pasaron sin novedad. Al mediodía, el centinela del camino de Puerto Morelos dio la voz de alarma, averiguándose que se aproximaba numerosa gente. ¡A las armas! Largo y solemne momento en espera del ataque. Avanzaron unos hombres izando bandera blanca. “No se dejen engañar, gritó Matus, son indios disfrazados!” A poco rato sonó claro y preciso un toque de corneta pidiendo parlamento. Dudamos aún que fueran amigos y después de algunos cambios de toques, nos cercioramos que eran fuerzas del Gobierno.

            Se iniciaron las pláticas y supimos que era el 3er. Batallón al mando del Coronel Victoriano Huerta, que había desembarcado en Puerto Morelos y cuyo acontecimiento ignorábamos por la interrupción de la línea telegráfica con dicho punto, y que llevaba instrucciones de iniciar sus trabajos de ayuda en la campaña, con la apertura de un camino que uniera Xcan o Chemax con Chan Santa Cruz (ya para entonces Santa Cruz de Bravo).

         Nos llenó de alegría el inesperado refuerzo, tanto como el gusto de ver compañeros recién venidos de la metrópoli.

Avanzó el Batallón y salimos a saludar al Coronel Huerta y demás jefes y oficiales. Por mera cortesía militar le dimos parte de nuestra reciente hazaña; nos escuchó con profundo interés, felicitando a todos calurosamente. A partir de ese momento lo vimos muy huraño, sin imaginarnos lo que elaboraba en su cerebro.

      Ya en el campamento, nos preguntó Huerta si habíamos rendido los partes respectivos, y como nuestra contestación fue negativa, le mostramos los borradores de ellos que estuve encargado de redactar para transmitir personalmente esa noche. Nos indicó: que, estando en la plaza, a él correspondía tal honor y habría margen para que, salvando nuestra modestia, puntualizara la gran significación militar y política del hecho de armas. Encantado aceptamos el ofrecimiento y el resto de la noche se la pasó con un oficial redactando largos telegramas en clave que yo mismo transmití.

            Al día siguiente y con tremenda sorpresa recibí las contestaciones del Ministro de la Guerra, General Reyes, felicitando a Huerta y notificándole que ya pedía su ascenso a General Brigadier; que ya dictaba órdenes para relevar del servicio de campaña a su batallón, tan pronto como terminara el camino o brecha a Santa Criuz; que también se ascendían a los jefes y oficiales que recomendaba y, pasado poco tiempo también recibieron la condecoración respectiva.

            Hasta entonces comprendimos la “tanteada”: ¡Se había declarado autor y ejecutor del plan y hecho de armas que dio pronto fin a la tremenda campaña maya!

            Huerta nos recogió los prisioneros, llevándolos para Valladolid, y a poco tiempo vimos confirmados los ofrecimientos ministeriales a beneficio del zángano.

            Corrimos respetuosas protestas ante el Gral. Bravo y desenmascaramos al hipócrita; pero ya todo estaba consumado.

            Para dorar la píldora se nos encendió también al grado inmediato y también se nos otorgó la Cruz de la Campaña contra los mayas; pero, Huerta se exhibió desde entonces ante nuestra conciencia como el futuro chacal que tan justamente anatematizaría la Historia.

[1]  Sobre presos políticos durante el régimen huertista, cfr. “Entre los deportados políticos llegados á Q. Roo se encuentran el Presbítero J. Fonseca y doce mujeres”. La Revista de Yucatán, 18 de junio de 1913; “14 estudiantes de los de Xochimilco, rumbo a Quintana Roo. ¿También dos ex diputados de Morelos?”. La Revista de Yucatán, 4 de mayo de 1913. Igualmente, existen referencias de ello en el libro de

[2] John Kenneth Turner. México Bárbaro, México, Editorial Porrúa, 2009, p. 117.

[3] Gabriel Antonio Menéndez. Álbum monográfico de Quintana Roo. Chetumal, Fondo de Fomento Editorial del Gobierno del Estado de Quintana Roo, 1936, p. 27

[4] Álbum monográfico…

[5] Turner, pp. 117-118.

[6] Cito fragmentos del ensayo de José Luis Martínez aparecido en la Historia General de México Versión 2000, del Colegio de México.

[7] Álbum monográfico de Quintana Roo, p. 27.

[8] Sobre la Decena trágica, véase Paco Ignacio Taibo II. Temporada de zopilotes. México, Editorial Planeta, 2009.

[9] Gilberto Avilez Tax. Paisajes rurales de los hombres de las fronteras: Peto (1840-1940). Tesis doctoral. CIESAS, Cuernavaca, p. 341.

[10] Paco Ignacio Taibo II. Temporada de zopilotes. México, Editorial Planeta, 2009, p. 89.

[11] Michael C. Meyer. Huerta: un retrato político. México. Editorial Domés. 1972, pp. 13-17.

Carrillo Puerto y Alma Reed. La “peregrinización” de la historia

 

Alma Carrillo
Alma partiendo de Yucatán, octubre, 1923.  Archivo personal de Michael Schuessler, fotografía que aparece en el artículo del mismo “Alma M. Reed. La Peregrina (1889-1966). Nexos, 7 de enero de 2017.

“Está en la naturaleza trágica de los apóstoles el que su calvario se conozca mejor que su obra”. Con esta frase se refirió Enrique Krauze de la muerte de Madero, ocurrido en “la decena trágica”. Sin ser radical en mis afirmaciones, tengo la leve sospecha de que, de algún tiempo a esta parte, con la preeminencia de la historia cultural, el periodo socialista yucateco, historiado desde diversos ángulos posibles (agrario, étnico, económico, político) por una cauda de historiadores del patio y por innumerables yucatecólogos, ha dado un giro hacia la historia de las “alcobas”, pero una historia no al estilo que nos enseñara Michelle Perrot, sino una historia de amores trágicos, pero vigorosos, pasionales, románticos, esperanzadores pero a la distancia. La distancia, sobre todo la distancia de la cual la propia Reed se dio cuenta desde la primera vez que oyó a Rosado Vega recitarle el poema “Peregrina”: “Se vieron pocas veces; se escribieron muchas. La suya es prueba del amor a distancia, del amor sostenido en luna de papel”.[1]

En mi muro de Facebook afirmé que, si me preguntan lo que pienso de “la Peregrina” y don Felipe, diría que muchos que no conocen la actuación revolucionaria del motuleño saben, por el contrario, al dedillo las pasiones otoñales de un cincuentón Carrillo Puerto por una treintañera gringuita. Al momento de conocerse, un día de San Valentín de 1923, en una velada para los “yucatecólogos” gringos que irían a trabajos arqueológicos en Chichén Itzá y cuyo anfitrión fue el gobernador socialista, Carrillo Puerto contaba con 48 años y Alma María Sullivan (el verdadero nombre de Alma Reed) tenía 33: 14 años, 7 meses y 7 días se llevaban.[2] Uno de los biógrafos más tempranos de Carrillo Puerto, describe que “el prócer”, un hombrón que rebasaba la altura promedio del yucateco de ese tiempo y de ahora, había adquirido, desde temprana edad, el “carácter de enamorado”, y que en su educación sentimental había pasado por una mujer mucho mayor que él, Mercedes Pachón, con la que seguramente aprendió las artes amatorias.[3] Seguramente que el aspecto alto y fornido que tenía a los 48 años, no habían pasado desapercibido para esta periodista del  New York Times que olía a los hombres con poder, y que venía siguiendo a los arqueólogos que trabajarían en Chichén Itzá. Carrillo Puerto quedó, era de esperarse, perdidamente enamorado de la joven periodista, y en un santiamén, a Reed poco le importó que el gobernador socialista estuviera casado y con hijos y a Carrillo Puerto mucho menos: la rapidez del amor es uno de esos misterios de la humanidad, y la nueva pareja en meses comenzó a hablar de planes de boda en San Francisco, California, de donde era originaria la reportera:

 

“Después de un intenso romance (la mayor parte a distancia) que duró menos de un año, la pareja decidió contraer matrimonio en San Francisco en marzo de 1924. Al consumar la boda, volverían a Mérida, donde Felipe ya tenía montada la “Villa Aurora”,  donde los dos empezarían su idílica vida en común, donde juntos, y para siempre, lucharían contra la explotación y las injusticias que aún dominaban las vidas de la mayoría autóctona del Mayab.”[4]

Menos de un año después, la rebelión delahuertista fue el momento propicio para que los barones del henequén, comprando a venales generalotes, defenestraran el gobierno “socialista” de Carrillo Puerto de forma radical: éste último fue asesinado con varios de sus hermanos y cercanos colaboradores. Momentos antes de su muerte, Carrillo Puerto llamó a uno de sus ejecutores y le puso un anillo en sus manos. Le dijo: Entrégaselo a Pixán (Alma Reed).[5] El amor, así como nos lo cuentan los biógrafos de Reed, sin duda resulta trágico.

Pero ese “amor trágico” ha sido romantizado hasta el absurdo de algún tiempo a esta parte. Alma Reed ha sido muy engrandecida por los de corazones sentimentales y los historiadores del estilo tvynotas (aquí no pongo en duda sus profundas ideas socialistas y su vena intelectual de la cual Carrillo Puerto seguramente se sintió atraído, aparte del claro lado físico). Para mí, no inclinado al torrente de la pasión amorosa, considero que ese “amor trágico” (¿trágico porque, como se cuenta, no fue consumido carnalmente?[6]) solo se trata de una anécdota de alcoba: lo de Reed es una simple pasión, la última gran pasión  de Carrillo Puerto salpicada de “internacionalismo”, de ideas socialistas y miradas de una californiana “mujer liberada” y que compagina perfectamente con lo que Elvia Carrillo Puerto, Raquel Dzib, Beatriz Peniche de Ponce y el movimiento feminista querían en Yucatán para la mujer yucateca; pero una pasión, desde luego, metida en la gran obra emancipadora del pueblo maya que llevó a cabo el apóstol rojo yucateco.

El maestro Ariel Avilés Marín, comentando mi parecer, me señaló que la relación de Felipe con Alma Reed era algo mucho más profundo. “Ella era una gente intelectual y socialista, y encontró en Felipe un ídolo a seguir, y por su parte Felipe encuentra en Alma una mujer que comprendía sus ideales y sueños”. Es decir, ¿María Isabel Palma Puerto, su legítima esposa, no comprendía nada del mundo que forjaba el marido? El mismo parecer es el del maestro Jesús Solís Alpuche: “Los desafectos al contenido social de la historia, sólo atribuyen romance, sentimentalismo y hasta sexo entre Carrillo y Alma Reed. No conviene percibir el nivel de intelecto y espiritualidad entre personas comprometidas por el humanismo y afines ideológicamente en la política”. ¿Es creíble esta aserción? No sé por qué esta idea de Solís Alpuche me recuerda los amores de Abelardo y Eloísa descritos en breves líneas por Octavio Paz:

“amar es desnudarse de los nombres:

“déjame ser tu puta”, son palabras

de Eloísa, mas él cedió a las leyes,

la tomó por esposa y como premio

lo castraron después; mejor el crimen…”

Respondí a ambos que estaba de acuerdo con sus opiniones, pero no habría que negar que la carnalidad no hay que omitirla.[7] También les manifesté que, a veces, entre el vulgo no interesado científicamente en la historia, se estudia y conoce solamente el árbol, desdeñando el bosque. Avilés Marín me indicó que, desde luego, habría que aquilatar cosas de la mayor importancia en la obra de Carrillo como las Ligas de Resistencia, los congresos de Ticul y Motul. O bien, “el resurgimiento maya” que fue posible en el breve periodo del gobierno del prócer yucateco.

Miguel Gallareta, por su parte, me indicó que hace falta todavía “un estudio serio y desmitificador acerca de la relación entre Carrillo Puerto y Alma Reed, más allá de la anécdota romántica que “Peregrina” (la canción) ha difundido por todo el mundo. Reducirla a una simple anécdota de alcoba empobrece el diálogo profundo que necesitamos para aproximarnos a la realidad. En efecto, abundan los intereses de personas y grupos que se empeñan en hacer prevalecer la superficialidad de un supuesto romance truncado, sobre la valiosa obra del más importante líder político que ha dado la Península de Yucatán. Corresponde a historiadores, intelectuales y políticos comprometidos con las causas populares (¿habrá alguno todavía?) revalorar las acciones del efímero gobierno socialista”.

“Peregrinizando” la historia del socialismo yucateco

En fin, sigo pensando que la relación de Alma Reed con el “soviet yucateco” ha sido más una construcción histórica promovida años después del “idilio salvaje”: se ha tratado de “peregrinizar” la historia socialista yucateca, o bien, se ha puesto en un nicho de virtudes al motuleño, obviando su vena autoritaria, o el hecho de que dejó esposa e hijos para vivir su amor atormentado los últimos días de su vida.[8] ¿Qué tanto sabemos de Mercedes Pachón, la madura mujer que inició al líder en esos intrincados campos del amor sexual?, ¿Qué dicen todos los biógrafos de María Isabel Palma Puerto, “la angustiada viuda del apóstol”? Casi menos que nada, estas mujeres, se convirtieron en las sombras de la Peregrina, fueron las mujeres dejadas, las mujeres que no entrarían al canon del feminismo radical, de la mujer liberada, y, por lo tanto, no significan nada en la nutricia senda de ideales y hechos del líder de Motul.

 

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La familia de Carrillo Puerto. Fotografía aparecida en el libro de Edmundo Bolio Ontiveros, De la cuna al paredón

 A mí, en lo personal, me da flojera esa historia que han confeccionado los intelectuales y jilgueros orgánicos del oficialismo (desde Edmundo Bolio, Castillo Torre, entre otros.), sobre la vida del “héroe” cuasi angelical, pero siento denodada repulsión por esa nueva historia del “amor trágico” de Carrillo Puerto y “la Peregrina”. ¿Cuándo comenzó este enfoque que ha dado preeminencia al idilio? Arguyo que con la misma gringa “de ojos claros y divinos” y sus declaraciones a la prensa y viajes frecuentes a Mérida: ella dejó una autobiografía donde escribió abundosamente sobre su “idilio socialista con Felipe Carrillo Puerto”. Esta biografía permaneció inédita, hasta que en 2001 fue rescatada, junto con otros papeles, por su biógrafo Michael K. Schuessler. Huchim cuenta este milagroso rescate:

“A Schuessler le resultó difícil hallar el manuscrito de la autobiografía de Alma Reed. El día que esta falleció, Richard Posner, su mejor amigo y confidente, acudió al departamento de la periodista en Río Elba 53 de la ciudad de México y recuperó diversos documentos suyos, entre ellos su autobiografía y cartas y telegramas de Carrillo Puerto. Posner los reunió todos en un sabucán (morral de henequén) y los llevó a su propio departamento. Treinta y cinco años después, en agosto de 2001, Michael K. Schuessler los encontró en el sabucán dentro del clóset de un departamento ya abandonado, entre almohadas y cobijas envejecidas. Fue un hallazgo oportuno porque dos semanas más tarde un aguacero dañó todas las cosas que estaban en el departamento”.[9]

En el sabucán vendrían, además de la biografía, las cartas cruzadas entre Reed y el “Dragón Rojo”. Biografía donde se conjuntaron los abetos y la nieve virginal con las palmeras y la tierra tropical. Hace siete años se publicaron otros papeles salidos de ese sabucán: el epistolario entre la “pixan halal” y don Felipe.[10] Sin duda, la letra de la Peregrina (no me refiero a la canción) ha contribuido para ese culto tipo “hollywoodense” de este amor truncado por la barbarie de la política.

Pero el origen de este culto, tal vez se remonte a los primeros años de la década de 1920 con la canción “Peregrina”, escrita por el poeta Luis Rosado Vega, a petición  de Carrillo Puerto[11] y con música de Ricardo Palmerín. Sin duda, esta canción –para mí, monótona y aburrida- engrandeció aún más esa historia “de amor” que “rompió” las barreras del derecho y de las buenas conciencias de una sociedad yucateca donde el divorcio era cosa de escándalo público. Desde luego que esta canción, rescatada su origen por la pluma de Rosado Vega y la misma Alma Reed (aunque sus versiones sean un poco distintas),[12] contribuyó sobremanera para ese halo de tragedia.  Hay que decir que Luis Rosado Vega fue un escritor muy dado a estar en buenos términos con el poder del “hombre necesario”: primero con Carrillo Puerto, pero después sirvió de “hagiógrafo” del gobernador cardenista del Territorio de Quintana Roo, Rafael E. Melgar. Resultan patéticas las muestras de zalamería y espíritu servil de Rosado Vega, recordando cómo fue gestada la canción de marras en una fresca noche de 1923. En calesa, Carrillo Puerto, Alma Reed y Rosado Vega, Alma en medio de los dos, se dirigían a la casa del músico Filiberto Romero. La noche era “espléndida” pues en la tarde había llovido copiosamente:

“Entramos al suburbio de San Sebastián. Con el aguacero de la tarde la tierra había abierto sus entrañas, y despedía de ella misma ese grato y sugestivo aroma de la tierra cuando acaba de ser fecundada por la lluvia. La vegetación que tupía en los solares regocijada por las aguas que la habían lavado, también hacía fluir el perfume de las florecillas silvestres las más, de sus retoños, de sus hojas… Y Alma dilató el pecho como para absorber a pleno pulmón aquellas fragancias, y dijo: ¡Qué bien huele!… Le salí al paso con una frase simplemente galante: Todo huele bien porque usted pasa. Tierra, flores, quisieran besarla, y por eso llegan a usted con sus perfumes. Dijo Felipe al punto: Eso se lo vas a decir en verso. Contesté: Se lo diré en una canción. Alma rió argentinamente. Así reía. Concluido el convivio, y ya en mi casa, compuse la letra. No podía olvidar a Palmerín. En la mañana siguiente lo busqué y se la di. Dos días después ya había nacido la canción. Y eso fue todo”.[13]

Muchos a los que les gusta esta clase de bodrios historiográficos, sabrán leerla con delicadeza. Eso está vedado para mí. Rosado Vega resulta un patético esperpento de intelectual orgánico, una pluma del hombre necesario.

Recapitulando, no niego, como me objeta el poeta Óscar Sauri Bazán, que don Felipe haya tenido su parte de hombre: no era un prohombre como nos lo cuentan cada tres  de enero los oradores del priismo, por supuesto que amó y odió a dos bandas. Mi crítica, más bien, va hacia esa obsesión de muchos, que restringen el análisis y restan fuerza al carrilloportismo y su tremendo significado para la historia de lucha del pueblo maya, dando importancia que no le corresponde al affaire que sostuvo con la gringuita. Esta visión empobrecedora del periodo socialista yucateco, ha hecho decir a tantos mentecatos, que FCP tuvo un “amor prohibido”, y que se dejó matar por la oligarquía porque quería irse a Cuba donde lo esperaba su amada inmóvil. Al saber que no podía llegar hacia ella, optó por el sacrificio. Esto es una verracalidad a la cual yo, desde luego, combato siempre.

No necesito decir, también, que Alma Reed, de un país capitalista al fin y al cabo, supo aprovechar, años después de la muerte de Carrillo Puerto, ese halo de haber sido la amante del gobernador socialista.

[1] Sara Poot Herrera. “Felipe Carrillo Puerto y Alma Reed. El amor en los tiempos de la cólera”. Revista de la Universidad Autónoma de México.

[2] Idem.

[3] Edmundo Bolio Ontiveros. “De la cuna al paredón. Anecdotario de la vida, muerte y gloria de Felipe Carrillo Puerto. Mérida, Yucatán, Compañía periodística del sureste, 1932.

[4] Michael K. Schuessler. “Alma Reed. ‘La Peregrina’’ (1889-1966). Nexos. 7 de enero de 2017.

[5] Eduardo R. Huchim. “La Peregrina del Mayab”. Letras Libres, 31 de mayo de 2008. Huchim se basa en el estudio introductorio que Michael K. Schuessler hiciera al libro Peregrina / Mi idilio socialista con Felipe Carrillo Puerto, de Alma Reed (Diana, 2006).

[6] ¿En verdad no fue carnalmente consumado? Francamente, dudo de esta aserción, conociendo el lado de don Juan del líder socialista.

[7] La moralina y el espíritu “loyesco” es muy común entre la izquierda yucateca.

[8] Cfr. Entorno a las florecillas del rosal. Aproximaciones a Felipe Carrillo Puerto. http://noticaribe.com.mx/2017/01/03/en-torno-a-las-florecillas-del-rosal-aproximaciones-a-felipe-carrillo-puerto-por-gilberto-avilez-tax/

[9] Eduardo R. Huchim. “La Peregrina del Mayab”. Letras Libres, 31 de mayo de 2008.

[10] Reed, Alma M. y Carrillo Puerto, Felipe. “Tuyo Hasta que me muera”… epistolario de Alma Reed (Pixan Halal) y Felipe Carrillo Puerto (H’Pil Zutulché). Marzo a diciembre de 1923. (Ed. Michael K. Schuessler y Amparo Gómez Tepexicuapan). México, Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2011.

[11] La conseja afirma que Rosado Vega le lanzó un piropo barrocamente poético a Alma Reed, y Carrillo, al escucharlo, le dijo que lo pusiera en versos.

[12] Luis Rosado Vega. “Cómo surgió la canción Peregrina”. Revista de la Universidad Autónoma de Yucatán. Números 253-255. Abril-diciembre de 2010, pp. 29-31.

[13] Luis Rosado Vega. “Cómo surgió la canción Peregrina” …p. 29.

CHILLEN, PUTAS

palabras

 

A Octavio Paz

 

Amontonar palabras,

revolverlas,

llenarlas de estopa,

darles cariño un día sí

y otro también,

desvestirlas,

desvivirlas,

mecerlas,

lamerlas,

ensuciarlas,

dirigirlas al matadero, vacas rollizas

hamacarlas,

compartirles tu trago y tu mesa, rejegas,

bendecirlas, maldecirlas,

sacarlas a pasear como a tus huesos,

humedecerlas, desbravarlas,

desollarlas, desflorarlas,

despatarrarlas,

oírlas orinar sus penas sexuales,

sentirlas,

tactarlas,

empinarlas,

desgastarlas,

saludarlas,

sudarlas,

sufrirlas,

perderlas,

recobrarlas,

acostumbrarlas, amaestrarlas

dormirlas, encapsularlas,

silenciarlas,

silenciarlas…

“hazlas, poetas

haz que se traguen todas sus palabras”

esas pinches palabras…

Por una necesaria zona de reserva hidrológica en Bacalar

 

Mapa laguna Bacalar
Mapa de la laguna de Bacalar y pueblos adyacentes

 

Hace una semana tuve la oportunidad de escuchar, en la Universidad Politécnica de Bacalar (UPB), una conferencia magistral impartida por la Dra. en geología, Rosa María Leal Bautista, adscrita a la Unidad de Ciencias del Agua del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY). Su tema versó en la cultura del agua: el agua como recurso y oportunidad, en donde la conferencista hizo referencia a la conformación del acuífero kárstico de la Península de Yucatán, los retos actuales del agua y la necesidad de fortalecer un sistema de ciencia y tecnología para el monitoreo del recurso, así como la necesidad de crear zonas de reserva hidrológica, que es un mecanismo científico para proteger las zonas de recarga y evitar contaminación de los acuíferos.

En países desarrollados como Estados Unidos, estas zonas de reserva hidrológica son muy necesarias, pero en México, únicamente el estado de Yucatán, en el norte, cuenta con este instrumento científico desde el año 2013.[1] Hay que aclarar bien las cosas: esta reserva hidrológica no significa la “veda” permanente de que el hombre realice sus actividades en cuerpos de agua –ríos, lagunas, cenotes, aguadas- sino, más bien, de que estas actividades se realicen bajo un plan riguroso ambiental,[2] y el hecho de que en la zona de reservas se active un plan de monitoreo continuo y una información del agua, y que sirva al Estado, garante del derecho humano al agua. Las zonas de reserva integran aspectos de condiciones de explotación, calidad del agua, uso, biodiversidad y salud del ecosistema, así como salud pública. Con esta zona de reserva, se alcanzaría una gestión íntegra y sustentable del recurso para las actividades económicas de la Península.

Interesado en temas que son afines a la geografía de Quintana Roo, y más por el hecho de que actualmente existe una contradicción de ideas y pareceres sobre la posibilidad de que se declare Área Natural Protegida (ANP) al sistema laguna de Bacalar debido a que muestra un considerable deterioro ambiental, me puse a tomar nota de las consideraciones y análisis de la Dra. Leal. Supuse que un ANP es diametralmente distinta a una Zona de Reserva Hidrológica.

Cuando se supo de la posibilidad de que el sistema lagunar sea declarada ANP, de inmediato, las voces en pro y en contra se dejaron escuchar: de comuneros, ciudadanos, políticos del traspatio y hasta uno que otro experto en el dicho fácil y demagogo, reaccionaron al unísono. En Bacalar, estas voces llegaron a un punto de acuerdo, para señalar que “todo el pueblo de Bacalar defendería el futuro de la laguna”.

Entiendo el desacuerdo y la inquina de algunos actores sociales de ese “pueblo mágico”, considerando que un ANP pondría en aprietos económicos a su magia o hechizo pueblerino que no cuenta con más atractivos que la laguna y el fuerte de Bacalar; un “pueblo mágico” administrado como un puesto de tacos de cochinita o un sindicato charro, y que no oferta con prontitud y eficiencia los servicios públicos: calles convertidas en ciénagas o paisajes lunares, alumbrado público oscurecido, sin un completo sistema de drenaje; y en el Bacalar que no se encuentra frente a la laguna, en “el otro Bacalar” de la violencia y la polvareda, los servicios públicos no se presentan.

Entiendo que el turismo en el sur del estado es muy espaciado, por no decir frágil y a cuenta gotas. ¿Pero a quién le interesaría un turismo caníbal y desaforado que no respete los mínimos ambientales, sea promotor de iniquidades sociales[3] y llegue al punto del ecocidio como en Tajamar? Tal vez aquí deberíamos hacer reflexión sobre qué clase de turismo queremos para el sur de Quintana Roo. Y hay que tener en cuenta que, en casos como la frágil relación sistema lagunar de Bacalar-Turismo, deben eexistir factores óptimos que condicionen la actividad turística, los cuales se hace necesario preservar o construir: la característica del relieve de los pueblos, la historia y cultura misma, la accesibilidad a ellos, la característica de sus pobladores (fomentar una cultura turística sustentable), museos, entre otros. Esto es lo que se conoce como el turismo rural, de naturaleza, el ecológico, o el turismo histórico cultural.[4] Este es el turismo que se debe presentar y fomentar tanto en Bacalar como en Chetumal, no el turismo de masas, de “sol y arena”.

En ese sentido, las autoridades locales bacalareñas deberían de hacerse presentes a todo lo largo de estas conferencias magistrales y seminarios, escuchar toda la plática y no solo apersonarse en las ceremonias protocolares, como hiciera el representante del alcalde de ese municipio sureño, para acto seguido largarse. Pero la kakistocracia[5] bacalareña, está en su condición huir de las admoniciones de la ciencia. En fin, como no soy político sino un simple profesor, resumamos algunos puntos clave de la plática de la Dra. Leal.

Es un hecho que, en el acuífero kárstico de la Península de Yucatán, prácticamente toda el agua se filtra al subsuelo. Las rocas sedimentarias, calizas, dolomías y evaporitas, con grosor de 1500 metros de corteza, se asemejan a una esponja donde escurren las aguas, y esto da como consecuencia, que la única fuente disponible de agua dulce sea la subterránea; cuando se da la erosión por disolución de la roca carbonatada, promueve condiciones cársticas como las dolinas, mejor conocidos como cenotes en la Península.[6] El agua, la poca agua dulce con que se cuenta, su conocimiento y cuidado debe integrar a los actores no solo federales y estatales, sino igual a los municipales. El manejo de este recurso debe estar integrado en tres francos: la relación sector privado, gobierno y academia. Y en este punto me gustaría conocer los trabajos que desde la Universidad de Quintana Roo ha realizado el Departamento de ingenierías, donde se cuenta con una carrera de ingeniería ambiental. ¿Existen estudios profundos, necesarios e integrales, como el que está realizando el CICY Yucatán en su unidad Cancún? La necesaria relación academia-sociedad-gobierno-ambiente, no es asunto de menor cuantía.

La doctora Leal comentó, respecto a la laguna Bacalar, que este cuerpo de agua al sur del estado debe ser visto de forma integral, como un sistema conectado con el río Hondo, y se pregunta ¿cómo se mueven las recargas, los pozos de distribución?, ¿hacia donde se dirigen los contaminantes del complejo azucarero industrial del Hondo y cómo impactan a la laguna? Habría que precisar, por medio de cartografía satelital, los flujos locales en la zona cañera, hacia dónde se están distribuyendo los contaminantes terrestres que irrigan los cañaverales. Por los estudios efectuados por el CICY, las respuestas a estas interrogantes señalan que los contaminantes del Hondo afectan no solamente a la bahía de Chetumal, sino a la laguna misma de Bacalar. Es decir, el problema de la laguna de Bacalar no tiene que ver solamente con los poblados que habitan sus márgenes.

Es por eso que los estudios de los expertos del CICY recomiendan que hay que crear una estructura de manejo sustentable del recurso en Quintana Roo, y más en esta vertiente del sur del estado, involucrando a todos los usuarios como el gobierno, la academia y la sociedad. Esperemos que esto sea así, pues la laguna, donde habitan los estromatolitos y otras maravillas naturales, necesita nuestro cuidado.

[1] Véase Diario Oficial de la Federación, 04/09/2013.

[2] Aquí tenía que estar presente, una muy informada cultura ambiental en defensa del recurso hídrico. En Quintana Roo, es una falacia el decir que el ciudadano no pueda amoldarse a esta nueva cultura ambiental, considerando su muy eficiente cultura y prevención de huracanes.

[3] Pienso en Holbox.

[4] Gilberto Avilez Tax, “Introducción” al libro Experiencias y Aprendizajes en Gestión Pública y Desarrollo Local. Juanita Jiménez Jiménez (coordinadora). UIMQRoo-Cuerpo Académico de Políticas Públicas y Desarrollo Local. Chetumal, Quintana Roo, 2017.

[5] Es decir, el gobierno de los peores. Es un término acuñado por Michelangelo Bovero. Define perfectamente el espantajo político mexicano.

[6] El estudioso y divulgador de la geografía de la península, es el desaparecido maestro, Juan José Morales. De él, véase La península que surgió del mar. Mérida, Gobierno del Estado de Yucatán, SEP, 2009.

Los mayistas trabajando con documentos de barbarie

Alberto Ruz

Estoy leyendo a Alberto Ruz Lhuiller (1906-1979), el gran mayista de origen francés y nacionalizado mexicano, descubridor de la tumba de Pacal el Grande, rey de Palenque.

Ruz, marxista, habla del modo asiático de producción que hizo posible la grandeza (arquitectónica, cosmogónica, artística, sus conocimientos científicos y su elaborada red de concepciones religiosas) de la civilización maya: grandeza a costa de la sobreexplotación del campesinado:

Lo típico de este modo de producción, el cual también ha sido denominado ‘despótico-aldeano’, despótico-comunitario’ o simplemente ‘tributario’, es la coexistencia de las comunidades campesinas, por una parte, y, por otra, la de un verdadero Estado político. Las primeras con elementos tecnológicos rudimentarios que suplían con un trabajo excesivo, organizadas socialmente por grupos de parentesco, poseedoras en común de la mayor parte de la tierra, obligadas a entregar como tributo los excedentes que producían, enajenadas por la religión, respetuosas y sumisas ante los sacerdotes que se proclamaban representantes de la divinidad.

Esto que apunta Ruz me recuerda el poema inicial del Canto General de Neruda, Alturas de Machu Pichuu:

Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo?

Aire en el aire, el hombre, dónde estuvo?

Tiempo en el tiempo, el hombre, dónde estuvo?

Y me recuerda ese famoso pasaje multicitado de Walter Benjamin:

“Quienquiera haya conducido la victoria hasta el día de hoy, participa en el cortejo triunfal en el cual los dominadores actuales pasan sobre aquellos que hoy yacen en tierra. La presa, como ha sido siempre costumbre, es arrastrada en el triunfo. Se le denomina con la expresión: patrimonio cultural. Este deberá hallar en el materialista histórico un observador distante. Puesto que todo el patrimonio cultural que él abarca con la mirada tienes irremisiblemente un origen en el cual no puede pensar con horror. Tal patrimonio debe su origen no sólo a la fatiga de los grandes genios que lo han creado, sino también a la esclavitud sin nombre de sus contemporáneos. No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie”.

Piedra en la piedra, ¿en dónde estuvo el hombre americano?

Bibliografía

Alberto Ruz Lhuillier. Los antiguos mayas, FCE, México, 2009, pp. 35-37.

Walter Benjamin. Ensayos escogidos. Selección y traducción de H. A. Murena. El cuento de plata, Buenos Aires, 2010, p. 63.

 

Emilio, el albañil

Emilio

 

Emilio, el albañil, va muerto de regreso a Palenque, su tierra natal, cuenta la reportera.

Su cadáver estaba lleno del rugir del Caribe, del salitre y la inseguridad cotidiana.
Murió desangrado en el Crucero de Cancún, todos lo vieron morir desde sus monitores, desde sus celulares y sus laptops irreales. La barbarie digital nos ha hecho peores que humanos.

Solo unas pobres mujeres mayores rezaron por Emilio, mientras éste se desangraba, a un Dios ausente que no se encuentra en Cancún ni en otro punto de la Riviera Maya con su turismo narcotizado.
Emilio, su muerte sola en el crucero, evoca la brutal, asqueante indiferencia humana.

 

No hay metáfora que cuente el cuento de morir

sólo en medio de la nada de los otros.

 

La gangrena, la pólvora y la violencia

se mueven con las olas turquesas del Caribe mexicano.