Por una necesaria zona de reserva hidrológica en Bacalar

 

Mapa laguna Bacalar
Mapa de la laguna de Bacalar y pueblos adyacentes

 

Hace una semana tuve la oportunidad de escuchar, en la Universidad Politécnica de Bacalar (UPB), una conferencia magistral impartida por la Dra. en geología, Rosa María Leal Bautista, adscrita a la Unidad de Ciencias del Agua del Centro de Investigación Científica de Yucatán (CICY). Su tema versó en la cultura del agua: el agua como recurso y oportunidad, en donde la conferencista hizo referencia a la conformación del acuífero kárstico de la Península de Yucatán, los retos actuales del agua y la necesidad de fortalecer un sistema de ciencia y tecnología para el monitoreo del recurso, así como la necesidad de crear zonas de reserva hidrológica, que es un mecanismo científico para proteger las zonas de recarga y evitar contaminación de los acuíferos.

En países desarrollados como Estados Unidos, estas zonas de reserva hidrológica son muy necesarias, pero en México, únicamente el estado de Yucatán, en el norte, cuenta con este instrumento científico desde el año 2013.[1] Hay que aclarar bien las cosas: esta reserva hidrológica no significa la “veda” permanente de que el hombre realice sus actividades en cuerpos de agua –ríos, lagunas, cenotes, aguadas- sino, más bien, de que estas actividades se realicen bajo un plan riguroso ambiental,[2] y el hecho de que en la zona de reservas se active un plan de monitoreo continuo y una información del agua, y que sirva al Estado, garante del derecho humano al agua. Las zonas de reserva integran aspectos de condiciones de explotación, calidad del agua, uso, biodiversidad y salud del ecosistema, así como salud pública. Con esta zona de reserva, se alcanzaría una gestión íntegra y sustentable del recurso para las actividades económicas de la Península.

Interesado en temas que son afines a la geografía de Quintana Roo, y más por el hecho de que actualmente existe una contradicción de ideas y pareceres sobre la posibilidad de que se declare Área Natural Protegida (ANP) al sistema laguna de Bacalar debido a que muestra un considerable deterioro ambiental, me puse a tomar nota de las consideraciones y análisis de la Dra. Leal. Supuse que un ANP es diametralmente distinta a una Zona de Reserva Hidrológica.

Cuando se supo de la posibilidad de que el sistema lagunar sea declarada ANP, de inmediato, las voces en pro y en contra se dejaron escuchar: de comuneros, ciudadanos, políticos del traspatio y hasta uno que otro experto en el dicho fácil y demagogo, reaccionaron al unísono. En Bacalar, estas voces llegaron a un punto de acuerdo, para señalar que “todo el pueblo de Bacalar defendería el futuro de la laguna”.

Entiendo el desacuerdo y la inquina de algunos actores sociales de ese “pueblo mágico”, considerando que un ANP pondría en aprietos económicos a su magia o hechizo pueblerino que no cuenta con más atractivos que la laguna y el fuerte de Bacalar; un “pueblo mágico” administrado como un puesto de tacos de cochinita o un sindicato charro, y que no oferta con prontitud y eficiencia los servicios públicos: calles convertidas en ciénagas o paisajes lunares, alumbrado público oscurecido, sin un completo sistema de drenaje; y en el Bacalar que no se encuentra frente a la laguna, en “el otro Bacalar” de la violencia y la polvareda, los servicios públicos no se presentan.

Entiendo que el turismo en el sur del estado es muy espaciado, por no decir frágil y a cuenta gotas. ¿Pero a quién le interesaría un turismo caníbal y desaforado que no respete los mínimos ambientales, sea promotor de iniquidades sociales[3] y llegue al punto del ecocidio como en Tajamar? Tal vez aquí deberíamos hacer reflexión sobre qué clase de turismo queremos para el sur de Quintana Roo. Y hay que tener en cuenta que, en casos como la frágil relación sistema lagunar de Bacalar-Turismo, deben eexistir factores óptimos que condicionen la actividad turística, los cuales se hace necesario preservar o construir: la característica del relieve de los pueblos, la historia y cultura misma, la accesibilidad a ellos, la característica de sus pobladores (fomentar una cultura turística sustentable), museos, entre otros. Esto es lo que se conoce como el turismo rural, de naturaleza, el ecológico, o el turismo histórico cultural.[4] Este es el turismo que se debe presentar y fomentar tanto en Bacalar como en Chetumal, no el turismo de masas, de “sol y arena”.

En ese sentido, las autoridades locales bacalareñas deberían de hacerse presentes a todo lo largo de estas conferencias magistrales y seminarios, escuchar toda la plática y no solo apersonarse en las ceremonias protocolares, como hiciera el representante del alcalde de ese municipio sureño, para acto seguido largarse. Pero la kakistocracia[5] bacalareña, está en su condición huir de las admoniciones de la ciencia. En fin, como no soy político sino un simple profesor, resumamos algunos puntos clave de la plática de la Dra. Leal.

Es un hecho que, en el acuífero kárstico de la Península de Yucatán, prácticamente toda el agua se filtra al subsuelo. Las rocas sedimentarias, calizas, dolomías y evaporitas, con grosor de 1500 metros de corteza, se asemejan a una esponja donde escurren las aguas, y esto da como consecuencia, que la única fuente disponible de agua dulce sea la subterránea; cuando se da la erosión por disolución de la roca carbonatada, promueve condiciones cársticas como las dolinas, mejor conocidos como cenotes en la Península.[6] El agua, la poca agua dulce con que se cuenta, su conocimiento y cuidado debe integrar a los actores no solo federales y estatales, sino igual a los municipales. El manejo de este recurso debe estar integrado en tres francos: la relación sector privado, gobierno y academia. Y en este punto me gustaría conocer los trabajos que desde la Universidad de Quintana Roo ha realizado el Departamento de ingenierías, donde se cuenta con una carrera de ingeniería ambiental. ¿Existen estudios profundos, necesarios e integrales, como el que está realizando el CICY Yucatán en su unidad Cancún? La necesaria relación academia-sociedad-gobierno-ambiente, no es asunto de menor cuantía.

La doctora Leal comentó, respecto a la laguna Bacalar, que este cuerpo de agua al sur del estado debe ser visto de forma integral, como un sistema conectado con el río Hondo, y se pregunta ¿cómo se mueven las recargas, los pozos de distribución?, ¿hacia donde se dirigen los contaminantes del complejo azucarero industrial del Hondo y cómo impactan a la laguna? Habría que precisar, por medio de cartografía satelital, los flujos locales en la zona cañera, hacia dónde se están distribuyendo los contaminantes terrestres que irrigan los cañaverales. Por los estudios efectuados por el CICY, las respuestas a estas interrogantes señalan que los contaminantes del Hondo afectan no solamente a la bahía de Chetumal, sino a la laguna misma de Bacalar. Es decir, el problema de la laguna de Bacalar no tiene que ver solamente con los poblados que habitan sus márgenes.

Es por eso que los estudios de los expertos del CICY recomiendan que hay que crear una estructura de manejo sustentable del recurso en Quintana Roo, y más en esta vertiente del sur del estado, involucrando a todos los usuarios como el gobierno, la academia y la sociedad. Esperemos que esto sea así, pues la laguna, donde habitan los estromatolitos y otras maravillas naturales, necesita nuestro cuidado.

[1] Véase Diario Oficial de la Federación, 04/09/2013.

[2] Aquí tenía que estar presente, una muy informada cultura ambiental en defensa del recurso hídrico. En Quintana Roo, es una falacia el decir que el ciudadano no pueda amoldarse a esta nueva cultura ambiental, considerando su muy eficiente cultura y prevención de huracanes.

[3] Pienso en Holbox.

[4] Gilberto Avilez Tax, “Introducción” al libro Experiencias y Aprendizajes en Gestión Pública y Desarrollo Local. Juanita Jiménez Jiménez (coordinadora). UIMQRoo-Cuerpo Académico de Políticas Públicas y Desarrollo Local. Chetumal, Quintana Roo, 2017.

[5] Es decir, el gobierno de los peores. Es un término acuñado por Michelangelo Bovero. Define perfectamente el espantajo político mexicano.

[6] El estudioso y divulgador de la geografía de la península, es el desaparecido maestro, Juan José Morales. De él, véase La península que surgió del mar. Mérida, Gobierno del Estado de Yucatán, SEP, 2009.

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Los mayistas trabajando con documentos de barbarie

Alberto Ruz

Estoy leyendo a Alberto Ruz Lhuiller (1906-1979), el gran mayista de origen francés y nacionalizado mexicano, descubridor de la tumba de Pacal el Grande, rey de Palenque.

Ruz, marxista, habla del modo asiático de producción que hizo posible la grandeza (arquitectónica, cosmogónica, artística, sus conocimientos científicos y su elaborada red de concepciones religiosas) de la civilización maya: grandeza a costa de la sobreexplotación del campesinado:

Lo típico de este modo de producción, el cual también ha sido denominado ‘despótico-aldeano’, despótico-comunitario’ o simplemente ‘tributario’, es la coexistencia de las comunidades campesinas, por una parte, y, por otra, la de un verdadero Estado político. Las primeras con elementos tecnológicos rudimentarios que suplían con un trabajo excesivo, organizadas socialmente por grupos de parentesco, poseedoras en común de la mayor parte de la tierra, obligadas a entregar como tributo los excedentes que producían, enajenadas por la religión, respetuosas y sumisas ante los sacerdotes que se proclamaban representantes de la divinidad.

Esto que apunta Ruz me recuerda el poema inicial del Canto General de Neruda, Alturas de Machu Pichuu:

Piedra en la piedra, el hombre, dónde estuvo?

Aire en el aire, el hombre, dónde estuvo?

Tiempo en el tiempo, el hombre, dónde estuvo?

Y me recuerda ese famoso pasaje multicitado de Walter Benjamin:

“Quienquiera haya conducido la victoria hasta el día de hoy, participa en el cortejo triunfal en el cual los dominadores actuales pasan sobre aquellos que hoy yacen en tierra. La presa, como ha sido siempre costumbre, es arrastrada en el triunfo. Se le denomina con la expresión: patrimonio cultural. Este deberá hallar en el materialista histórico un observador distante. Puesto que todo el patrimonio cultural que él abarca con la mirada tienes irremisiblemente un origen en el cual no puede pensar con horror. Tal patrimonio debe su origen no sólo a la fatiga de los grandes genios que lo han creado, sino también a la esclavitud sin nombre de sus contemporáneos. No existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie”.

Piedra en la piedra, ¿en dónde estuvo el hombre americano?

Bibliografía

Alberto Ruz Lhuillier. Los antiguos mayas, FCE, México, 2009, pp. 35-37.

Walter Benjamin. Ensayos escogidos. Selección y traducción de H. A. Murena. El cuento de plata, Buenos Aires, 2010, p. 63.

 

Emilio, el albañil

Emilio

 

Emilio, el albañil, va muerto de regreso a Palenque, su tierra natal, cuenta la reportera.

Su cadáver estaba lleno del rugir del Caribe, del salitre y la inseguridad cotidiana.
Murió desangrado en el Crucero de Cancún, todos lo vieron morir desde sus monitores, desde sus celulares y sus laptops irreales. La barbarie digital nos ha hecho peores que humanos.

Solo unas pobres mujeres mayores rezaron por Emilio, mientras éste se desangraba, a un Dios ausente que no se encuentra en Cancún ni en otro punto de la Riviera Maya con su turismo narcotizado.
Emilio, su muerte sola en el crucero, evoca la brutal, asqueante indiferencia humana.

 

No hay metáfora que cuente el cuento de morir

sólo en medio de la nada de los otros.

 

La gangrena, la pólvora y la violencia

se mueven con las olas turquesas del Caribe mexicano.

La gran simulación: negocios de Peto en la CDI de Peto

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En la CDI de Peto se nombró recientemente director a un reconocido priísta de esa Villa al sur de Yucatán: sin formación que posibilite el derecho a la duda a su nueva gestión (es profesor de educación física), sin ninguna cercanía –y hasta empatía- con la problemática indígena en Yucatán, ni menos trabajo permanente con el pueblo maya que lo respalde, arguyo que el tipo no sabe ni por qué diablos lo pusieron ahí sus patrones. Y hay que decir que en la CDI de Peto ya se está normalizando estas situaciones, pues el anterior director igual tenía ese nulo perfil, hecho de compadrazgos del partido.

Mi objeción contra este personaje no es porque sea priísta de larga data, y maña, sino porque su puesto se le otorgó por ser parte del partido. No cuenta más que con ese atributo.

Alguien me señaló que, en este tópico, se hace presente el hecho de que no reconocen a los mayas actuales, pero bien que se favorecen granujas de pueblo con los recursos de la CDI. ¿Acaso es este enroque, con miras al 2018 para que el alicaído priísmo asegure la presidencia municipal de Peto? ¿Posibles intenciones de desvíos de recursos, de los parcos recursos destinados a las poblaciones mayas del sur de Yucatán? No lo sé. Pero lo que sí sé es que esta elección es un insulto al pueblo maya de Yucatán, lo que sí sé es que esto hace patente la poca importancia que el gobierno actual le otorga al tema: ¿los indios?, ¿cuáles, los del libro vaquero?; ¿los mayas, cuáles mayas, los de Chichén?

Manolo Euan, amigo de Bacalar, me ha planteado lo que a veces olvidamos: ¿donde está el derecho a la consulta en situaciones como lo que sucede en la CDI-Peto y su flamante director? Puras simulaciones.

Hay que decirlo, “los derechos indígenas” se han convertido en la retórica vacía del país de la gran simulación: un Estado simulador que pretende aceptar mecanismos internacionales y nacionales con los que se relaciona con las comunidades y pueblos indígenas, pero que en lo concreto simplemente se mueve por facción. Leyes indígenas que se obedecen, pero no se cumplen a falta de voluntad política, la brecha entre el marco jurídico y la realidad en lo que concierne a la protección de los pueblos indígenas en México, se hace cada vez más amplia[1] en el país de los neoliberales y de la violencia criminal, política y económica.

Un Estado más cercano a la peste del indigenismo desindianizador, pero que en Yucatán se vuelve simple simulación. La mascarada es completa: todos contribuyendo con esta gran simulación.

[1] “Pueblos indígenas: leyes sin voluntad. Letra muerta y atropellos”. La Jornada maya, 17 de Julio de 2017. En https://lajornadamaya.mx/2017-07-17/Pueblos-indigenas–leyes-sin-voluntad

A 170 años, hay Guerra de Castas para mucho rato

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El próximo lunes 17 de julio dialogaré con el maestro, intelectual y poeta maya, Gregorio Manuel Vázquez Canche, sobre la autonomía histórica de los herederos de la Cruz Parlante. “Goyo” me invitó amablemente a su programa de radio Yóol Íik’’ T’ano’ob, de Radio XHNKA, y ahí, de 11 de la mañana a 12 del día, junto con el maestro Vázquez Canché, trataremos de nuevo de entrar al debate historiográfico, y comprender esa larga lucha de liberación del pueblo maya, que se sustrajo al dominio neocolonial de Mérida durante más de 50 años.

Alejados de las conceptualizaciones académicas y las pugnas que se han dado entre los “tradicionalistas” y los “revisionistas” del tema en años recientes, que si es un periodo ya trillado de la historia peninsular y el tema favorito de una academia setentera que la historia cultural no desea tratar,[1] o si se trató o no de un conflicto agrario;[2] sostengo la feraz idea enristrada por el recordado guerracastólogo campechano, Ramón Berzunza Pinto: “La guerra social o Guerra de Castas de 1847…fue una luz que se proyectó desde el pasado iluminando con siniestros resplandores la Península y que, al apagarse, siguió iluminando a los espíritus generosos, que pregonaron después lo que en esa guerra no triunfó: la justicia social”.

¿Qué podemos decir, a grandes rasgos, para objetar y discutir las ideas “historicocuturalistas”, que obliteran la importancia y ningunean ese periodo de la historia social de Yucatán? Pidamos la concisión: esos resplandores de justicia social, que aún podemos visibilizar los “guerracastólogos” en documentos de la época; forjaron las divisorias jurisdiccionales de la Península, crearon las fronteras interiores y exteriores de la Península, ayudaron a la descomprensión de la tierra en zonas del sur y oriente parando el avance del capital antropofágico, hicieron que algunos pueblos del sur y oriente llegaran a la reforma agraria del siglo XX con sus antiguos ejidos.

Además, la Guerra de Castas moldeó el carácter enérgico de los pueblos fronterizos, construyó la territorialidad rebelde, y todo lo que implicó de recomposición cultural (el maya pax, las tradiciones arraigadas y la defensa identitaria maya actual del centro de Quintana Roo, como ejemplos prístinos), dio pie a una ingente literatura que todavía se escribe con fruición (las dos últimas novelas fueron Península, Península, de Hernan Lara Zavala; y Las Guerras de Justo, de Francisco José Paoli Bolio), recompuso étnicamente el palimpsesto peninsular (hay regiones del oriente y del sur donde la mayanidad se acendró; pero igual, por la región más oriental, Tizimín, Panabá, San Felipe, Río Lagartos, los blancos regresarían a repoblar esas zonas), dio pie a la diáspora y consolidación de las islas del caribe (Cozumel, Isla Mujeres), hizo legislar a los Solones de Mérida para tratar de lidiar con la “guerra de bárbaros” en las fronteras yucatecas (lo que he denominado como el andamiaje jurídico salido de la Guerra de Castas), posibilitó el acrisolamiento (dicen los que saben) de la lengua maya en zonas fronterizas y los territorios macehuales, hizo que en el oriente peninsular se conservara la flora y fauna que en el siglo XX sería motor de la economía regional (me refiero a los zapotales), creó y despobló ciudades y pueblos en medio de la selva peninsular (Tihosuco, Bacalar, Sabán, Sacalaca, Chan Santa Cruz), hizo que algunos mayas y mestizos hablaran a la perfección la lengua de la reina Victoria y tuvieran la experiencia intercultural en el norte de Honduras Británica, fue almácigo de nuevas estirpes peninsulares, como la estirpe de los antiguos payoobispenses, y es tan importante este movimiento telúrico de la tierra peninsular, que todavía seguimos hablando de ella, que todavía, parafraseando a Gregorio Manuel Vázquez Canche, a 170 años de la tea que el gran general Cecilio Chi prendiera en Tepich, hay Guerras de Castas para mucho rato.

[1] Recientemente, desde la historia cultural, Lorena Careaga trató la guerra, pero ya no desde la narrativa del conflicto o de la historia diplomática, sino que se trató de adentrar en el mundo maya y no maya del siglo XIX, mediante la mirada privilegiada de viajeros extranjeros, casi siempre, científicos y pioneros de los estudios mayas; a la península. Antes, Terry Rugeley analizó la cultura popular de los mundos confrontados de la península del XIX. Cfr.  Terry Rugeley, De milagros y sabios. Religión y culturas populares en el sureste de México, 1800-1876, Mérida, UADY, 2012.

[2] En mi tesis doctoral trabajo extensamente estas conceptualizaciones, me posiciono entre las ideas tradicionalistas y revisionistas –la aurea mediocritas de los latinos-, y discuto y confronto los argumentos que intentan minusvalorar el sentido agrario de la guerra. Cfr. Gilberto Avilez Tax, Paisajes rurales de los hombres de las fronteras: Peto (1840-1940). Tesis que para optar al grado de Doctor en Historia, CIESAS, 2015, pp. 703.

Apuntes en mi estela: la vampirización de los saberes de los pueblos

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Leyendo el ameno libro de Luis Ramírez Aznar, El saqueo del cenote sagrado de Chichén Itzá,[1] que describe la carroñera forma con que Edward H. Thompson, ese granuja pagado por el Museo Peabody, valido por malos yucatecos, sustrajo de Chichén Itzá un ingente patrimonio histórico y arqueológico del legado de los mayas (“un gigantesco saqueo”, apuntó Teobert Maler), me han surgido algunos comentarios que continúan lo que anteriormente he escrito en un precedente artículo.[2]

El saqueo, desde el contacto indo-europeo, continúa todavía, en pleno siglo XXI. En la antropología -y en la historia y hasta en la etnohistoria- está muy presente esa especie de vampirización de los saberes, o lo que es lo mismo, una especie de colonialismo interno de la ciencia en occidente -la lógica extractiva de la “ciencia hegemónica”, muy similar a la economía extractiva que se dio en la Colonia-, y que se construye de esta forma (no soy exhaustivo):

  1. Esta vampirización solo se da del centro hacia las periferias: universidades gringas, europeas o japonesas, mandan a heraldos especialistas para colonizar y depredar regiones del trópico, como es el caso de la Península de Yucatán (a los vampiros y vampiresas, se les conoce como “yucatecólogos” o “mayistas”).
  2. Se presentan con los carnets de “investigadores” etc., y generalmente se acercan a universidades del trópico.
  3. También existe una vampirización autóctona: la que se da del centro mexicano hacia las periferias, o bien, las que se da de centros regionales hacia las periferias: gente de la UNAM, de la UAM o de otras universidades, o gente de la UADY o hasta del CIESAS, se presentan en los bosques tropicales donde abundan los “bárbaros”, para saber de ellos, conocer sus lenguas, ayudarse de ellos para hacer gramáticas o para hacer sus libros o artículos, con ellos pero sin ellos.
  4. Todos estos neo colonizadores del saber, refuerzan sus andanzas tropicales debido a que la estructura académica de México es racista, clasista o cerrada al diálogo de saberes y solo piensa que la ciencia y el conocimiento y la sapiencia viene de esos lugares de la “modernidad”: es una academia cercana al yanqui, al europeo, al japonés, o colaboradora autóctona de ellos. Incluso, es una academia que estudió con el yanqui y piensa que el yanqui es el non plus ultra.
  5. Los colonizadores buscan a sus “informantes clave”, a sus “mayas del saber” para que les otorguen su sabiduría prístina, milenaria. Y, recientemente, muchos estudiosos mayas se han insertado en las universidades regionales: fácil son presa de estos vampiros y vampiresas de la ciencia extractiva: el halago por aquí, la gabachería por allá, el “hacemos juntos un artículo por acuyá, el te doy los créditos debidos y apareces como coautor”, etc., etc. Esto se repite con algunos “seudo investigadores” autóctonos que le comen el mandado a los amigos de los pueblos, y les sacan la información a colaboradores y no tienen ética alguna de decencia. (He visto mucho de este colonialismo que se dan entre comanches y mayas).
  6. Generalmente, se les usa, a estos compañeros “informantes”, a estos profesores que hablan la lengua maya y están imbuidos de la cultura pueblerina, de una forma por lo demás indecorosa: los vuelven “NEO TAMEMES”, y bien que les pase, por creerles a los vampiros rubicundos (o en su defecto, vampiros y vampiresas morenazos).
  7. De la ciencia extractiva, muy pocos sabrán los resultados hasta años después, cuando a alguien se le ocurra, si es que se le ocurre, publicar el texto o el artículo en español. O bien, cuando vienen los viajes a España o Yanquilandia, de los vampiros y vampiresas morenazos.
  8. Algunos vampiros hasta son capaces de poner residencia permanente en estas lajas del señor XIU o del señor Itzá, pero bueno, esto es simple negocio.

Desde luego, con estos apuntes no estoy diciendo que el conocimiento no se debe abrir: estoy pugnando porque las academias y universidades del centro (sean del centro global o nacional), otorguen transferencias correctas de conocimiento a las periferias, porque en la lógica global, no existen comunidades aisladas. Todo es una codependencia desde que el mundo global nos afecta a todos.

Pugnamos por la desaparición de esos mercaderes del saber y de esos colonizadores de la ciencia extractiva.

[1] Luis A. Ramírez Aznar, El saqueo del cenote sagrado de Chichén Itzá. Prólogo de Luis Ramírez Carrillo, Editorial Dante, Mérida, 2015.

[2] Véase mi texto: No inviten a los antropólogos: diatribas contra los mayistas. Noticaribe, 25 de febrero de 2017. En http://noticaribe.com.mx/2017/02/25/no-inviten-a-los-antropologos-a-sus-fiestas-diatrabas-contra-los-mayistas-por-gilberto-avilez-tax/

De la inexistencia de la “comunidad (homogénea) maya”

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En una discusión que tuve con un profesor (un poco ruda, pero al final de cuentas, de civilizados); llegamos a la conclusión de que no existe la comunidad maya: al menos, no en términos “románticos” y homogeneizadores, propios de una mirada antropológica periclitada (los herederos memorísticos y bastardos recitadores de Redfield y Villa Rojas, que abundan en las indistintas facultades y cuerpos académicos de antropología e historia en la Península).

El libro coordinado por Miguel Lisbona Guillen (La comunidad a debate. Reflexiones sobre el concepto de comunidad en el México contemporáneo, México, Colegio de Michoacán/Universidad de Artes y Ciencias de Chiapas, 2005, 312 pp.), que estoy leyendo estos días, aviva el fuego de las disquisiciones teóricas sobre el término “comunidad”: ¿acaso cuenta todavía con validez hermenéutica alguna para servir de criba analítica respecto a los procesos actuales de la supuesta “comunidad maya”?

En ese sentido, podemos decir que no existe la comunidad maya (es decir, esa que entienden los dogmáticos mitómanos: cerrada, orgánica, pitufezca, milpera, hablante solamente de maya y que practica ciertas ritualidades que acostumbran etnografiar gentes extrañas llamadas antropólogos), sino las imágenes y discursividades sobre ella y a pesar de ella (sigo a Said y su idea del orientalismo creado por la vasta literatura occidental de conquista de oriente) confeccionadas por una larval historiografía y antropología meridana y sus secuelas yucatecólogas: la comunidad, ¿es solamente indígena? Más bien, habría que entenderla como una comunidad de comunicación académica que no es tangible más que en el texto que la atrapa, la constriñe, esencializa y “mayaniza”.

La comunidad, o las múltiples y complejas “comunidades mayas”, recordemos, fueron un invento de las políticas de congregación de la Corona española a mediados del siglo XVI, para el control eficiente de las almas “conquistadas”. No obstante, debido a la planicie calcárea de la península que impidió la aislación perfecta (cosa que sí se si realizó en regiones con geografía anfractuosa), desde el día siguiente comenzaron a vivir, en estas “comunidades”, indígenas y españoles, mestizos y pardos, dándose, en la cotidianidad, el diálogo intercultural, y al mismo tiempo, modificando y recreando –cuando no creando- las viejas tradiciones indias que subsistieron a la debacle de la conquista. Más de 500 años después, lo que llamamos “comunidades mayas”, son las pervivencias coloniales y neocoloniales de pueblos gestados en los siglos de la “occidentalización” de Mesoamérica. Y a pesar de ese embate, en dominios como la lengua y las creencias, han germinado continuidades, aunque hay que recalcar que ninguna es aislada en lo regional-nacional, y se encuentran correlacionadas con las dendritas globalizadoras.

Discutamos el término, y entendamos que la comunidad no existe: es decir, lo que señalamos como comunidad o pueblo maya, es solamente un espacio social donde se encuentra imbricado un mar de historias diversas, de pluralidades que se comen, de disyunciones y conjunciones que se presentan.

Lo maya, lo diverso, puede ser católica o presbiteriana, puede ser priista o panista, atea o magicorrealista, pero nunca un universo reconcentrado y monolítico, como hablan de ella los herederos y bastardos de Redfield y el viejo Villa Rojas.