Lluvia de cuaresma en Payo Obispo

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De las alforjas del cronista anónimo de esa ciudad, transcribo estos malos versos:

Me dicen que en en esa ciudad de los Curvatos, en este momento,
está cayendo una llovizna, larga y fina, con cachazas de soponcio. Cae o cayó, diría el inmortal.
Yo no lo sé de cierto, esa ciudad prefiero no visitar, 
pero sucede que
en Macondo-Chetumal
las lluvias de abril
son presagios de funestos días venideros.
Los viejos payoobispenses
benqueros chicleros y come lagartos,
cuentan que siempre llueve en jueves o viernes santo
y es que el cielo de estas tierras palustres
siente el dolor del Cristo y vierte lágrimas por su costado lunar.
Tal vez se desborde el Hondo,
tal vez aparezca, en la avenida de los héroes olvidados,
el lagarto mitológico
el lagarto solo
vestido de blanco.
Pronto empezará la tristeza que las lluvias abrileñas
fermentan como verdín en la corteza de esta estirpe,
la última de todas las estirpes macondianas.
En Macondo-Chetumal

nadie se baña dos veces con las lluvias de abril.

Caritino Bacho

CARITINO
Caritino Bacho con el autor de este blog

…es el nombre del curandero de Cuijinicuilapa, de la Costa Chica de Guerrero. Me entero que todavía vive.

Cuando lo conocí, para octubre de 2011, rondaba los 70, y tenía una obsesión por la bebida y por los gallos.

Su tono “onzoleón” tal vez se hizo más fuerte, porque en las fotos de un reportaje reciente aparece más joven y las canas se le han ido.

¿No es acaso toda América, tierra de Macondo, donde los portentos se dan como si nada?

 

BACHO

La enseñanza de la historia en Yucatán

Historia cuarto grado

Aprendí historia escuchando emocionado el Himno nacional mexicano todos los lunes, durante doce años, de primaria hasta preparatoria. Desde tercero de primaria hasta todo el bachiller, estuve en la banda de Guerra, era corneta y llegué a ser sargento y me jacto de saber todo el repertorio y hasta tengo un libro de la historia de las bandas de guerra en México que me compré en una de las tantas librerías de viejo de la calle Donceles del centro histórico de México.

¿Cómo no recordar las enseñanzas del maestro Nelly? Él fue el que nos enseñó, a tantos de sus alumnos, a tocar en la banda de guerra de la escuela primaria Francisco I. Madero, de mi pueblo. Además, el maestro Nelly fue mi profesor de historia en la primaria y la secundaria.

El profe Nelly nos contaba, con fruición, las gestas de independencia (yo calculaba que el Pípila era descendiente directo de Sansón); la traición de Iturbide y sus sueños reales; la mala leche del “guerrero inmortal de Zempoala” y su terrible adicción a los gallos y a las hembras de amplio caderamen; los ejércitos populares surianos de Juan Álvarez sacando del poder a Santa Anna; la hierática fuerza de Juárez llevando a toda la república y al archivo desde tiempos de los virreyes, a cuestas en su negra carroza por los pelados desiertos del norte; la frase inmortal de don Guillermo Prieto –“los valientes no asesinan”-; o la bravura de los indios zacapoaxtlas despedazando con sus fieros machetes de labranza al “mejor ejército del mundo, el de los zuavos”.

En otro aparte, el profesor Nelly ponderaba las contradicciones del Porfiriato (a la mucha administración y a la construcción de los 20,000 km del ferrocarril, Nelly nos leía los pasajes más cruentos del México bárbaro, de Turner), se detenía al detalle hablando de la Revolución mexicana, y era un convencido zapatista, aunque yo pienso que era más socialista yucateco que cualquier otra cosa.

Estos profesores de historia, que ya no se destilan, nos enseñaron, además de fechas, nombres, gestas o pasajes; nos enseñaron a ser patriotas, nos enseñaron una idea de nación que muchos cientificistas criticarían sus maneras broncíneas de enseñar la historia, pero que para mí fue elemento necesario para decantarme, años después, por la ciencia de Clío. Si me preguntaran para qué sirve la historia, diré que para eso: la historia sirve para hacernos más patriotas, para que nos duela México y para ser ciudadanos mejores.

Don Vicente Ek Catzín, el maestro violinista de la Maya Pax

Vicente Ek Catzín
Don Vicente Ek Catzín. Foto del libro “Últimos testigos”, de Serge Barbeau…

Hoy, en el muro de Facebook del cronista de Felipe Carrillo Puerto, Carlos Chablé Mendoza, me enteré del fallecimiento del maestro violinista de la Maya Pax, Vicente Ek Catzín.  Desde aquí siento la ausencia de don Vicente.

El 11 de octubre de 2013, el solidario José Natividad Ic Xec y otros que conformaban la “Caravana de los Pueblos Mayas”, le rindieron un reconocido homenaje al trabajo de este viejo abuelo nacido en X’Maben, Quintana Roo, un 22 de enero de 1928. Ese octubre de 2013, “El Chilam Balam” escribía sobre el músico avecindado en Yaxley. Acostado en su hamaca, con su bastón de madera encorvado sobre sus muslos flacos, la memoria de don Vicente voló:

[…] a años tan lejanos, cuando entonces era una estrella cultural y los gobiernos y los hoteles y los intermediarios culturales lo traían y llevaban para hacer una demostración de la cultura maya. Cuando los investigadores lo buscaban para pedirle información que les permitiera escribir nuevos libros. Su maya caía como llovizna en una tarde soleada. ¡Qué delicia escuchar a ancianos como él! He aquí a una persona a la que valdría la pena escuchar largamente. Famoso ayer, pobre y abandonado hoy. Olvidado por el gobierno, hoteleros e intermediarios, Vicente Ek yace en su hamaca, enfermo y esperando la muerte solo”.[1]

La música de guerra de don Vicente nos recordaba que a su tierra habían llegado los malos vientos a invadirla a partir de la entrada de Ignacio Bravo, en 1901. A pesar de la construcción de un Estado regional negador de la historia autonómica de los cruzoob hasta bien finalizado el siglo XX,[2] hay que decir que los hijos de la Cruz Parlante nunca se rindieron ante las balas fratricidas de los “huachob”, o ante cualquier discurso repleto de dobleces y mentiras.

A 170 años del inicio de la Guerra de Castas en los montes de Tepich, la zona maya de Quintana Roo contrasta brutalmente con las “sobre modernidades turísticas”: la asimetría económica es tan evidente por donde se mire, y de ahí la necesidad urgente de modificar las viejas relaciones del Estado regional con el pueblo maya, tendiente a la interculturalidad y a la justicia social, y no más a la simulación o a la folklorización de derechos.[3]

Desde “La cueva del tigre oculto”, el maestro Alfaro Yam Canul, describió poéticamente el aprendizaje de la música de don Vicente: éste aprendió a tocar el violín “oyendo el cantar de los pájaros” diurnos y nocturnos, “así como el murmullo o el bramar de los animales silvestres, esas fueron sus notas para aprender la música de Dios, la música de guerra, la música convertida en sinfonía espiritual: el Maya Pax”.

Lo único que puedo estar seguro, es que la música de la selva, o la “Santa Música” de la selva del centro de Quintana Roo, aquella cuyos instrumentos son la tarola, el bombo y uno o dos violines, se originaron después de aquellos primeros años de la Guerra de Castas. En un momento determinado del tiempo posterior a la blitzkrieg, a la Guerra Relámpago maya (1847-1849), había caído prisionero, allá por el rumbo de Yoactun, un soldado yucateco que por azares del destino sabía hacer llorar a la corneta, ya que era la corneta de un batallón hecho pedazos por los mayas rebeldes. Su nombre había de pasar de boca en boca entre los músicos mayas que habrían de ser herederos de sus enseñanzas: Agustín Sosa.

El general Prudencio May le había encomendado a los suyos capturar al músico soldado, y sesenta rebeldes lo trajeron a rastras hasta Santa Cruz. Las maquiavélicas ideas de Prudencio no eran, al principio, nada religiosas: eran bélicas. Una vez, cuando los soldados yucatecos habían puesto un cerco a la tropa de Prudencio, éste recurrió a su nueva arma de viento: mandó al soldado músico Sosa, a que soplara a cuello herido la Retirada con su trompa metálica. Los soldados yucatecos, al oír la orden tan imprevista, no dudaron y dejaron de combatir al enemigo, el cual les tomó sus armas regadas en el camino. Después de esta acción de guerra a favor de los de Santa Cruz, y por sus nuevas enseñanzas musicales que ya había emprendido con los rebeldes, a Sosa le entregaron, no una sino tres jóvenes mancebas mayas para que una por una, o todas a la vez, le calentaran las húmedas noches tropicales de aquellos bosques orientales al primer maestro músico de la Cruz Parlante.

Tal vez la fecha exacta de la captura de Agustín Sosa se dio en 1860. En la expedición de pacificación a los de Chan Santa Cruz de ese año -una de las más vistosas y equipadas del gobierno yucateco: se contaba con 2,200 soldados, y 650 hidalgos del cuerpo de trabajo-, los soldados yucatecos eran guiados hacia el matadero en que se convertiría para ellos Chan Santa Cruz, por Pedro Acereto, hijo de uno de los gobernadores esclavistas del Yucatán decimonónico, Agustín Acereto. El tremendo descalabro de los yucatecos (de los 2,200 soldados y 650 hidalgos, sólo regresarían para el 15 de febrero a Tihosuco, 600 hombres, perdiéndose 2,500 rifles, toda la artillería con el parque, 300 mulas, y una enorme cantidad de pertrechos), fue, por el contrario, de una riqueza artística para los de Chan Santa Cruz, pues la banda militar del ejército de Pedro Acereto había sido capturada intacta junto con sus instrumentos y con los músicos. El Maya Pax había comenzado a existir. John Carmichael, durante su visita a Chan Santa Cruz en 1867, contó que había una banda de música de treinta hombres en el pueblo. Cada prisionero yucateco que era capturado por los cruzoob, tenía la posibilidad de sobrevivir si pagaba un fuerte rescate, o si saabía un oficio útil “como carpintería, herrería o música”.

Porque esta Santa Música sería la que oirían los soldados de la Cruz Parlante en dos tiempos importantes de sus vidas: sus acordes los acompañarían en el campo de batalla, caldearían los ánimos a los campesinos guerreros de la Cruz cuando estos entraran a saco a los pueblos de la frontera yucateca, los acordes del Maya Pax rasgarían los ruidos de los machetes de cruzob, y se abrirían paso entre los tronidos de los budbitzones rebeldes. En otro momento de la vida del guerrero, el Maya Pax, la música santa de la selva maya, anunciaría la bajada de la Santísima Cruz, de la voz que dictaría las órdenes de guerra y las órdenes de cosecha, la hierática Cruz que se comunicaría, por carta, de tú a tú con la reina Victoria, y de desprecio inmundo con el gobernador de Yucatán. El Maya Pax también sería el amenizador de las bodas de los macehuales, de los bautizos, del matan, y de las fiestas patronales de los pueblos santacruceños.

Varios pueblerinos del rumbo de Peto, de Valladolid, de Sotuta y Yaxcabá, oirían esta música de guerra santa una vez que las bombas de aviso que tachonaban los caminos de los pueblos de la frontera habían dejado de retumbar, porque el Maya Pax secundaría a las alpargatas de las tropas rebeldes que comandaba “el martillo de Yucatán”, el célebre general José Crescencio Poot, el que era capaz de comer hasta un cervatillo completo y que era un gigante, según la memoria oral de los tahdziuleños. Cuando el ejército de don Porfirio había iniciado la “pacificación” de los rebeldes, esta música de guerra acompañaría a los “héroes numantinos” que el bravo comandante Sóstenes Mendoza armó en Okop para enfrentarse con el que sería el Torquemada de Quintana Roo, el general Ignacio Bravo. Los cantores de las melodías que repiqueteaban con la tarola de piel de venado, el bombo, el violín chirriador y la bélica corneta, le daban ánimos a las pocas huestes que Mendoza había atrincherado para defender la capital rebelde:

¡Que viva la Santísima Cruz!…pobrecitos mexicanos, ¡qué viva Noh Cah Balam Nah…ay ay ay aaaayyyy, machete….ay ay aaaayyyy sin balas”.

Y estos son unos fragmentos de una melodía numantina: sin balas, sin parque, con el limpio acero del machete, los últimos defensores de Santa Cruz señalaban eso, encaraban a la muerte con la victoria hasta en la derrota misma de los hijos de la Santa Cruz. Pero el Maya Pax era una dádiva divina para hacer fuerte a los elegidos de Dios. Don Vicente Ek Catzín recordaba:

“Dios habló todo sobre la maya pax a los antiguos músicos. Nuestros abuelos y padres nos enseñaron este conocimiento y también a pedir fe y paciencia a Dios para poder aprender a tocarla. Mi papá, don Julián Ek Caamal, me enseñó todo lo que aprendió de su maestro don Agustín Sosa Poot, quien tocó con el líder Cecilio Chí. Ellos sufrieron la guerra contra los mayas, por eso su música se la dedicaban a la Santísima Cruz pidiéndole les protegiera de sus enemigos. Nosotros sabemos que Dios regaló la maya pax, por eso todo lo que tocamos es para É”.[4]

Líneas arriba escribí “la victoria hasta en la derrota misma”, y esto no es una licencia literaria. Al contrario de las ideas que Renán Irigoyen escribiera (este escritor meridano señaló que “Si la Conquista destruyó gran parte del pasado indígena, la Guerra de Castas de Yucatán destruyó bastante de las sobrevivencias que dejó la Conquista”), no hay que ser experto en estudios antropológicos para comprender que, posterior a 1847, los mayas del sur y del oriente que se levantaron contra el sistema neocolonial yucateco, una vez cohesionados por la Cruz Parlante, y que habían instaurado hasta sus escuelas donde se les enseñaba a los infantes cruzoob una ética liberadora, y ya no hablo de la territorialidad recuperada en los bosques orientales; la cultura de estos, liberados del dominio neocolonia yucateco, se revitalizaría de forma distinta a lo que sucedió con el proceso de des-culturalización que se efectuaría en el pedregal donde el henequén crecería: la guerra de castas no fue una “destructora del folklore”, por el contrario, las danzas siguieron, las consejas siguieron, la lengua se acrisoló, la milpa siguió dando sus elotes, y los de Santa Cruz no pasarían la salvajada del peonaje por la cual pasaron los esclavos mayas de los reyezuelos del henequén.

El Maya Pax, la música de guerra de la selva liberada del dominio neocolonial, es un ejemplo de esta revitalización y de este refuncionamiento de la cultura liberada. Y uno de los más grandes exponentes, uno de los herederos directos de aquel viejo músico Agustín Sosa Poot, fue don Vicente Ek Catzín, , maestro violinista del pueblo de Yaxley, que nos dejó para siempre el día de hoy 27 de marzo de 2017, a los 89 años.

Faltan las palabras para hablar de don Vicente, lo conocí en junio de 2009, en un domingo de matan en el bastión neurálgico de la indianidad rebelde en Quintana Roo: Tixcacal Guardia. Aquel junio de 2009, y mi encuentro con el maestro violinista Vicente Ek Catzín, quedó asentado en una tesis de maestría que escribí sobre este pueblo combatiente que el 30 de julio de 1847, sus abuelos, pusieron el mundo neocolonial yucateco patas arriba. En homenaje a la memoria de don Vicente, transcribo unos fragmentos de ese lejano encuentro. Cuando me dirigía al Santuario de Tixcacal para dar con el paradero del subdelegado municipal, momentos antes había ido por un cigarro:

[…] Y en uno de los cuarteles que rodean al Santuario, una señora mayor asomó a la puerta de una choza. La saludé en maya. Y en eso, un violín desconchado pero lustroso hizo acto de presencia: lo cargaba un abuelo de largos y bien cargados años (86, me diría después), descalzo y vestido con sencilla elegancia. “Quédese al Maya Pax”, dijo, o creí que decía, en maya. “Yo sé qué es maya pax, la música santa de la selva”, musité. Sin pensarlo, me fui con el viejo directo a la Iglesia, dispuesto a ser partícipe de mi primer Matan. Recordando que no se permite entrar con zapatos, me despojé de mis botas. El hombre que me invitaba a escuchar sus piezas para la Santa Cruz, se llama don Vicente Ek Catzín, maestro músico de Yaxleil; y mientras caminábamos en el terregoso sendero de Tixcacal Guardia con su lento andar, me contó haber conocido al legendario capitán Cituk, al teniente Zuluub, a Juan Bautista Vega, a Juan Bautista Poot, antiguos caudillos macehualoob, hoy ya más que mitos colectivos tanto en la historia escrita, como en la historia oral de los pueblos de la Cruz Parlante. Ya dentro de la iglesiamacehualoob, descalzo, pedí permiso al general Pech Collí para ser partícipe de la ceremonia del matan. Me dijo que prendiera unas velas al Santo, y tuve que ir por ellas a la tienda, comprarlas, regresar, descalzarme nuevamente en el umbral de la Iglesia, entrar, encenderlas en una mesa frente a los cofres donde supuestamente se encuentra la Santísima Cruz, e irme a sentar a un lado del violinista don Vicente Ek. Yo me sentía a gusto de estar al lado de tan insigne abuelo. Una risa en su rostro, decía mucho de lo que había vivido, visto y escuchado el maestro músico de Yaxleil don Vicente Ek Catzín. En la iglesia entablé conversación con mi primer “informante”, José María May Cituk, también músico de Yaxleil, con su tambora de piel de venado. José María me hizo saber, orgulloso, que era nieto del aguerrido capitán Concepción Cituk. ¿O sería bisnieto? Con los cruzoob no se sabe. Entre intervalos de piezas del Maya Pax salidas del violín del maestro don Vicente, sonidos restallantes de la tarola, y retumbos cuasi bélicos del tambor, mezclados con ruidos, cánticos, plegarias, conversaciones, chistes y murmullos de los herederos de la Cruz Parlante, se desencadenó un nuevo diálogo inconcluso con los herederos de la Cruz Parlante”.

Más de 50 piezas –si mis datos son correctos- se sabe de memoria este maestro violinista. Aquella vez tuve la suerte de escucharle extasiado las piezas X’Pichito, Pastora, fandango, Kolomté, y otras más que no me acuerdo. Desde aquel momento, yo quedé enamorado del Maya Pax, y puedo decir, que esta es la música que escucho cuando escribo sobre la historia de la Guerra de Castas de Yucatán.

Don Vicente había referido a varios de esos “ku yokoltiko’ob”, a esos robadores de cultura llamados antropólogos, algunas de las creencias que los músicos de Maya Pax deben seguir para no perder el virtuosismo musical: en las fiestas no deben de estar “con una señora”, porque puede que les pegue el “mal aire”: para la “contra”, don Vicente utilizaba una cruz de cera negra que pegaba bajo el banquillo donde se sentaba a tocar, o un pañuelo de tres cruces; o simplemente, arguyo yo, la contra principal de don Vicente contra todo mal aire, era esa tranquilidad de ánimo, esa mística que se le prendía a don Vicente cuando iniciaba de improviso X’Pichito.

Hasta siempre, don Vicente. Don Agustín Sosa y tu padre te aguardan. Don Cecilio está ansioso de escuchar el virtuosismo de tu violín.

[1] “Homenaje a una piedra angular de la música sagrada de los mayas”, El Chilam Balam, http://elchilambalam.com/2013/10/homenaje-a-una-piedra-angular-de-la-musica-sagrada-de-los-mayas/

[2] Cfr. Gilberto Avilez Tax, “Radiografiando la autonomía de los herederos de la Cruz Parlante: los derechos ‘indigenistas’ en el Estado de Quintana Roo”. Portal. Revista de Ciencias Sociales, Económico y Administrativas. Año 6, número 8, 2010.

[3] “La nueva relación del Estado de Quintana Roo con el pueblo maya: salidas del museo etnográfico y la entrada a un pueblo en marcha”. Por Gilberto Avilez Tax. Noticaribe, 21 de diciembre de 2016.

[4] María L. Rosado Castro (coordinadora). El patrimonio dancístico de Quintana Roo, México, Conaculta-Gobierno de Quintana Roo, 2013, p. 58.

Teoría del gabachero

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El otro día, platicando con el “siete veces internacional”, el Dr. Juan Castillo Cocom, se me ocurrieron unos apuntes de trabajo para analizar una figura imprescindible de la historia peninsular, propiamente, de la historia del pueblo maya de la Península: los gabacheros, esa especie de neoconquistadores autóctonos , que en sus objetivos primeros de vida, está el de tratar de hacer revancha, cinco siglos después, al trago amargo de la conquista de América ante una Europa en expansión. Un gabachero (aunque existan, desde luego, mujeres gabacheras), resume a la perfección la situación neocolonial de los pueblos de “Nuestra América”.

Si hace cinco siglos, la América indígena fue conquistada no sólo militar sino hasta biológicamente, los gabacheros actuales, cuales nuevos guerreros mayas, buscan, con insistencia afiebrada, por las calles y tugurios de Mérida, o por las playas ardientes de Cancún, la llegada semanal de las hijas de Colón, o de las rubicundas hijas del yanqui.

Pero, ¿qué es lo que entendemos por gabachero? A grandes rasgos, podemos referir que los gabacheros son los “aborígenes americanos” cuya costumbre es ligar extranjeras: gringas, europeas, españolas calentonas en busca de su Cuauhtémoc rompe hamacas, rusas comunistas, eslavas vampíricas, o teutonas de temblorosas caderas. Pero por gabacheros, desde luego, no me refiero a los “dzulitos” del pueblo, o a los hijos de la Casta divina o beduina acostumbrados a correr la legua con gringas de grandes caderámenes. No. El gabachero es un tipo característico de la laja peninsular, y su sex appeal es directamente proporcional a mientras más “mexicano”, más cobrizo y de piel bronceada se presente ante el ojo de la gabacha enamorada de lo exótico, de la alteridad salvaje, de la otredad repleta de semántica amorosa.

El gabachero, ante los ojos de la “peregrina del semblante encantador”, ocupa la primera escala, la escala folk del continuun amoroso: el amor salvaje, no urbano, folk, no de tundra o bosque templado, el amor tropical, el amor aborigen, pueblan las soledades etílicas de la neoyorquina visitando el Caribe mexicano. Y aquí podemos decir, que uno de los grandes gabacheros con que cuenta la historia revolucionaria de Yucatán, fue el socialista gobernador yucateco Felipe Carrillo Puerto, enamorado hasta la desesperación por su Alma Reed, la gringuita a la que le decía que no se olvide de su tierra, no se olvide de su amor.

Según los sesudos estudios del Dr. Castillo Cocom, la mujer de Gonzalo Guerrero, la ardiente Zazil Ha, fue la primera gabachera que podemos comprobar de su existencia, a ciencia cierta, en la historia de México, aunque sabemos que hubo otras antes, muchas, pero esto no está consignado en los anales de la historia, como sí lo está la Malinche, que como nos lo recuerda el erudito en gabacherías, el precitado Dr. Castillo Cocom: “la Santa Malinalli es la deidad del amor forastero, diosa de la hierba y santa del gabachero. Diosa del Iknal”.

En el Mayan Pub, en la Mezcalera, en cualquier tugurio “cultural” y “postmoderno” de Mérida, ahí los encuentras a esa especie conquistadora con la gringa amaestrada por tanta cultura mesoamericana: como salido de una hacienda henequenera, el gabachero, vestido de manta cruda, huaraches y pespunteado el cuello con soguillas de su gentilidad, chupa con la gringa hasta morir, al mismo tiempo que fuma mota hasta hablar en lenguas incomprensibles.

En una descripción un poco inexacta del gabachero, Tryno Maldonado escribió lo siguiente de este personaje que es fácil de conocer y toparse con él en las calles de Mérida, no sólo en las playas del trópico:

“Los gabacheros eran casi por norma jóvenes de labia fácil y carisma imantado, con el radar puesto en las turistas extranjeras. Sobre todo, gringas y europeas. El cabello del color del ala de un cuervo, recogido en una coleta como guerrero azteca, tes de bronce, ropa de manta y huarache, conformaban el anzuelo infalible para que el turismo revolucionario del primer mundo creyese haber encontrado en alguno de ellos al último portador de la sangre real de Cuauhtémoc”.

¿Qué busca el gabachero cuando decide su destino de dejar a las mujeres de su tribu, y practicar el intercambio intercontinental y civilizatorio de hembras? Todo se resume a una razón práctica, a una elección racional:

“Lo peor de las suertes que un gabachero podía correr, era que su conquista se ocupara de todos sus gastos durante apenas unas pocas semanas a cambio de sexo intercontinental. Para luego, satisfechos los intereses de ambas partes, deshacerse de él. En el mejor de los casos, no obstante, una vida resuelta y holgada, colmada de los beneficios asépticos del Estado de Bienestar en el primer mundo, era lo que le aguardaba en su brillante futuro al gabachero con más fortuna”.

Pero si bien la característica física del gabachero, estriba en el color moreno de su piel, podemos apuntar que, la mayoría de ellos, tienen como oficios la venta de chucherías (soguillas, pulseritas y otros abalorios), en las calles de ciudades coloniales o en las playas, aunque algunos son vendedores de churros y otros productos ilegales, pero no se descarte a gabacheros con estudios de postgrado como el ya citado Dr. Castillo Cocom, o como mi buen amigo, Juan Carrillo, un gabachero que solo podía convivir con moscovitas. Podría extender estos apuntes primeros sobre la teoría del gabachero, pero basta con estos leves párrafos.

Nueva sede del CIESAS Peninsular…o de los versos a la lejanía

 

Flamingos3

Dicen que a esos jóvenes historiadores

junto con sus maestros,
los llevaron con los rientes flamingos de la ría durmiente,

 

casi en la ciénaga grande macondiana,

pero eso es mentira,
estaban en Progreso.
Habían postas de pescado

y la cerveza se calentaba al instante en la cuaresma.

Allá van a hacer la meticulosa historia que esperamos los lectores sencillos de Clío,

van aprender el arte de la dura paleografía,

de la inquisión de los mapas

y a aprender la sabiduría de la tradición de don Bonfil,

don  Palerm y don Aguirre Beltrán,

padres fundadores como las tres piedras cósmicas.

A ser médiums y a hablar siempre con los muertos y, a veces, con los vivos,

 

y a saber el famoso decálogo del gran maestro flamenco de Chiapas.

 

Algunos se infectarán las manos y el olfato de archivos, como este rescatista de los papeles viejos de su pueblo.
Otros irán nomás al coctel party, pero eso es comprensible: no hay CIESAS sin FIESTAS.

 

Dura es la consigna, duro el trabajo, el polvo de los siglos los aguarda.

 

No inviten a los antropólogos a sus fiestas: diatrabas contra los “mayistas”

malinows

En un pueblo de Guerrero, a los antropólogos ya se les conoce bien, se les tiene encasillado como personas peligrosas y nocivas. “Roban el alma”.

Vienen al pueblo y roban las ideas, les quitan el alma, las diseccionan y las hacen “ciencia”. Tanto en la región de Chiapas (véase el texto de Andrés Aubry, “Otro modo de hacer ciencia. Miseria y rebeldía de las ciencias sociales”) como en la región de Tihosuco, a los antropólogos se les conoce a la perfección: gente que, como el buhonero, va por los pueblos “a ratos y al año se marcha para escribir su libro para no regresar”. Carroñeros de ideas, su dolor es la cultura que construyen desde sus horizontes y “aparatos críticos”.

José Poot Cahum, intelectual y artista del pueblo de Tihosuco y amigo mío, me dice que hay que nombrarlos como “ku yokoltiko’ob, los que roban la cultura, o bien, los “ku yokoltiko’ob le pixano’, los que roban el alma, los que museografían, “etnografían” y la ponen en grandes compendios el alma de los pueblos, en lenguajes oscuros que solo ellos y sus pares ridículos del SNI cargados de letras y de soporíferas sapiencias, entienden y saben a la perfección, entre citas abstrusas de Malinowski y “descripciones densas” y ridículamente mal escritas.

Si me preguntan mi opinión, la diré sin tapujos:

No inviten a los antropólogos a sus fiestas ni a sus cotorreos, ¡al diablo con ellos!

Pero habría que seguir con la diatriba para ir contra todos, principalmente, contra los “antropólogos mayistas”, o seudo mayistas de todos los puntos cardinales de la rosa de los vientos.

Los antropólogos mayistas o seudo mayistas, gente exquisita y conocedora de mundo y de mujeres difíciles y de libros y de viajes a Europa para exponer una ponencia, una ridícula ponencia pendeja, o esa clase de extraviados seudo académicos que van únicamente por el relumbrón del coctel party sin gestar o preparar nuevos almácigos para el conocimiento, utilizan a estos “informantes” (en este caso, incluso a gente de comunidades o intelectuales de pueblos), a este pobre pueblo lleno de hambre y de pobreza, la secular e injusta pobreza de nuestros pueblos primeros, aunque, eso sí, como dicen los antropólogos del coyotaje, lingüistas y otras aves carroñeras de paso, dueños de “mucha cultura y lengua”.

Y los utilizan para sus trabajos personales, sin darles crédito alguno, como hace un doctor “maya” de una universidad del oriente de Yucatán, que hace trabajar a sus tamemes y se lleva todos los créditos. Ni migajas les dan pero viven, como todos los indigenistas, a costa de sus “sujetos de estudio”.

Esta es la crítica más directa hacia una academia parasitaria que uno pueda decir (parasitarios han sido todos, incluso usted), únicamente abocada a vampirizar (pooch tuukul) el conocimiento vivo de la gente. Esto no es interculturalidad, señores, no es tampoco una actitud ética frente a la ciencia y para el desarrollo de las comunidades, el no comprometerse completamente con las vivencias-sobrevivencias, las historias y las luchas omitidas de los excluidos.

K’eek’enes que pululan en la academia gringa-francesa-japonesa-alemana-chilanga-meridana y etcétera, y vienen de vez en vez al trópico porque el dólar y el peso y las morenas y la pachanga eterna.

Vivales seudo académicos de por estas albarradas, también, o bien, trúhanes insertos en la academia “mestiza”, y hasta en la academia “indígena”.

Son gente mala, mala gente de entrañas de buitres, kisin máak, que utiliza el saber de las comunidades, gente que nunca está ni estará interesada por personas concretas, pero desde luego que se sienten las grandes vacas sagradas y son los únicos que hablan de la “mayanidad” pero resultan, si le rascas bien, mal lectores y mal citadores de Villa Rojas y otros gabachos, franchutes, germanos y sus padres gringos.

Postdata

No se me mal entienda: no digo que no leamos a los gringos, a los alemanes, a los japoneses y hasta a las vaquitas sagradas regionales: vamos a leerlos en serio, para hacer eso que ha hecho personas como Eddy Dzib: olvidarlos, olvidar a Villa Rojas y a su Tusik etnográfico por obvios, pero igual habría que impensarlos para crear, desde las ruinas de la colonialidad traspuesta, con el fin de decolonizar el paisaje textual e intertextual.