Regionalismos en la historiografía peninsular. Apuntes de trabajo

Mapacorografico

 

Es frecuente que entre los estudiosos de la Península –sean autóctonos o extranjeros-, los afanes regionalistas impidan conocer los trabajos efectuados en Campeche, Yucatán o Quintana Roo.

Campeche es, sigue siendo un enigma para muchos “yucatecólogos”, y existe la hipótesis de que los campechanos -y el doctor Omar May González o el maestro Crisanto Franco pueden decir algo al respecto- desdeñen o voluntariamente desconozcan los trabajos yucatecos salidos de centros de investigación o universidades actuales.

El yucateco cree que sólo la historia del triángulo peninsular es lo que cuenta: me acuerdo cuando un historiador veracruzano criticó el libro La memoria enclaustrada, de Pedro Bracamonte, ya que este trabajo no da cuenta de la franja occidental de la península. Cuanto más, el yucateco sólo se interna hasta la manigua de los Chenes y algo del Camino Real. Más allá de esa zona repleta de semántica peninsular, existen los campechanos.

En Quintana Roo es un poco distinta la cosa: la mayor parte de los trabajos escritos en Quintana Roo están más relacionados con la historiografía yucateca, incluidos temas nodales como el chicle, y sin qué decir de la Guerra de Castas. Es raro que, desde Chetumal, desde Felipe Carrillo Puerto o Cancún, se mire a Campeche. Y esto es obvio, ya que hasta ahora, los repositorios estatales de Quintana Roo, sufren la incuria de una mala planeación archivística, y mucho de la documentación (siglo XIX y XX) sólo es posible de encontrar en los repositorios meridanos.

En este sentido, sólo conozco a una trota Península, que conoce las tres vertientes estatales de la historiografía peninsular, me refiero a la Doctora Teresa Ramayo Lanz, especialista en la Guerra de Castas y el chicle.

Por mi parte, puedo decir que Campeche es la peninsular tierra incógnita que me falta por descubrir. Espero algún día solventar esa laguna.

 

Diatriba contra los tacos de xix de res

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¡Pero no hay nada que no remueva del paladar mi café mata caballos!

Me invitaron un taco de “xix” de res (literalmente, traducido del maya yucateco, se denomina con esto a las menudencias o despojos de la res).

Comí dos, comí tres, y no le agarré el sabor, por más que mi paladar a prueba de todo indagaba y se afanaba por esos repliegues olvidados de mi memoria cautiva cuando, hace muchos ayeres, probé por única vez esos “bofes” del demonio, esos hígados combustionados de ira, y la retacería varia del rumiante encornado.

Me dijeron que con harto habanero y limón se degusta mejor y las papilas gustativas se agudizan, pero comencé mejor a extrañar, con amor gastronómico, mis consabidos tacos de morcilla de los martes: ¿quién diablos me vino a sonsacar a mí, para que desayune este platillo de bárbaros?

Media hora masticando un taco para digerirlo a duras penas, otra media hora para pasarlo por esófago y tráquea.

Y me decía, el gastrónomo bárbaro, “que, si no lo come rápido, le sabrá mal”. ¿Más? Y así fue, al rato el cebo inundó el ambiente, salió por estas calles malditas que dejaron llenas de baches malos gobiernos de malos caciques, y yo mejor decidí suspender la monserga alimentaria del desayuno.

Malhaya el momento preciso en que, en el discurrir de la colonia en Yucatán, la peor comida española se abarraganó con los gustos carnívoros de autoctonías peninsulares.

Pero no hay nada que no borre de mi paladar exigente mí café mata caballos.

 

¡No es discriminación! De por qué la prohibición a las mujeres de presentarse a un Ch’a’ Cháak

Chachak

En  el libro Jinetes del cielo maya. Dioses y Diosas de la lluvia, de Silvia Terán y Christian Rasmussen, se hace una explicación completa del Ch’a’ Cháak (ceremonia maya de pedimento de lluvia). Me llama poderosamente la atención el hecho de que las mujeres por ningún motivo pueden estar presentes en esa ceremonia agrícola. En ese libro se habla de “lugar santo” donde se hace la ceremonia, y que esta santidad se debe preservar, no dejando pasar a la mujer. La mujer alborotaría a los hombres y no habría concentración requerida.

Yo inmediatamente, con visiones occidentales impuestas por una educación hegemónica, señalé que esto es una discriminación hacia las mujeres. José Manuel Poot Cahun, aprendiz de j-men, me indica:

“No es discriminación, no interpretemos en términos occidentales. La mujer es tan poderosa, tiene una energía poderosa capaz de ahuyentar serpientes cuando está encinta, y capaz de crear vida. La razón de por qué está vedada su presencia en el Ch’a’ Cháak se debe a que en ese punto se reconcentra la energía, la interconexión con los dioses, una puerta que se abre, y esta energía puede chocar con la energía genésica de la mujer”.

¿La enseñanza de esto? La sociedad maya es más sabia, democrática y menos machista que las sociedades occidentales.

El naranjo y el rey de los deportes en Yucatán

JUAN JOSE PACHO

Hace años conocí a un cronista de béisbol originario de Oxkutzcab, creo que se apellidaba Azcorra, un viejito gruñón que todos los días acudía a la Biblioteca Yucatanense, en Mérida, a pelearse con medio mundo y a consultar las secciones deportivas de periódicos de semanas anteriores, incluso, de varias décadas atrás.

Azcorra siempre se vestía con una guayabera que antes fuera blanca, y que, con tantos lamparones, escurrimientos de tinta de sus mancillados bolígrafos, había quedado grisácea.

Como de costumbre, me volví amigo del sin amigos Azcorra, él me contaba sus planes y sus proyectos actuales. En aquel tiempo, se encontraba afiebrado escribiendo la historia universal del béisbol en Yucatán: decía que iba a corregir algunos datos, inexactos y que él había comprobado su inexactitud, y agrandar los aportes hechos, para la historia de la pelota caliente en las lajas yucatanenses, de un tal Joaquín Lara, modificar pasajes de los tomos del simple aficionado Luis Ramírez Aznar, y refutar completamente la somnolienta prosa beisbolista de Carlos Castillo Barrio. “Estos escritores fueron simples aficionados al béisbol que no contaban con un método científico y hasta matemático que tengo, su trabajo fue de simples recopiladores de datos inexactos”, me decía el erudito Azcorra, al mismo tiempo que miraba las piernas de una señorita con amplio nalgatorio.

La pasión por el béisbol de Azcorra se retrotraía a sus orígenes pueblerinos: resulta que el hombre era nativo de Oxkutzcab, lugar de donde, sin duda, son los mejores beisbolistas yucatecos. Una vez, Azcorra me contó esta anécdota, que ahora quiero dejar a la estampa para memoria futura de la pelota caliente en la Península:

“Es cierto que en Oxkutzcab lo que abundan son las matas de naranjas. Exportamos los cítricos a todo México, a Estados Unidos y a Europa. Pero también es cierto que, en cada mata de naranja, hay un beisbolista colgado, bajando naranjas”.

 

LOS YUMTZILOB’S…

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Los yumtzilob’s, acarreadores de agua según las viejas historias del Mayab, tuvieron mucho trajín el día de hoy en varias zonas de la península: al oriente, en el centro, al sur, al norte, regaron con sus cántaros rotos las últimas milpas de los últimos milperos.

Los pájaros están de fiesta, la tierra mojada reverdece y los cocuyos alumbrarán los senderos.

Elogio de la hibridez

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Eric Wolf, en su clásico libro Pueblos y culturas de Mesoamérica, un libro que debe ser de obligada lectura desde la preparatoria para profundizar en el pasado y presente mesoamericano, sostiene que los grupos amerindios actuales (una de las matrices de las sociedades descendientes de Mesoamérica, los otros fueron los africanos y españoles, que a su vez tampoco fueron homogéneos) se derivan de ciertos pueblos “amurios” y mongoloides que cruzaron el estrecho de Bering cuando las aguas del Pleistoceno superior bajaron hacia el año 27,000 A.C., pasando de Siberia a Alaska. De talla pequeña, cabeza alargada y aplanada a ambos lados y con pliegues óseos pronunciados arriba de las cejas y pigmentación oscura, los primeros; los mongoloides, por el contrario, eran amarillos, de cara bastante ancha, frente lisa, pómulos salientes, maxilar superior ligeramente saliente, entre otras características prototípicas. Recordemos que la pigmentación de los amerindios es cobriza, no amarilla, y eso le da razones a Wolf, para sostener la idea posible de:

“[…] que los amerindios representen un cruce de amurios y de mongoloides, cuando aquellos no habían adquirido aún todos los rasgos estratégicos de la variedad mongoloide la cual se especializa mucho después, lo que explicaría a la vez las diferencias que los distingue del mongoloide especializado y su parecido genérico y familiar con él” (Wolf, E., 2004, p. 30).

Los amurios poblaron durante algún tiempo Asia y Europa, y actualmente quedan descendientes en zonas periféricas del “Antiguo Mundo”, y se pueden localizar entre los aborígenes australianos o, dice Wolf, entre los velludos “aínos” del Japón. Lo que es cierto es que la genética de los primeros pobladores de lo que milenios después sería América, verificado por el análisis del DNA y de otros códigos genéticos, indica que la fuente primigenia de los primeros adanes y evas que iban hambrientos tras la caza del mamut, del caballo salvaje, la llama y otras especies de la megafauna del Pleistoceno, se encuentra localizada al norte de Asia (México antiguo. Antología de Arqueología mexicana, 1995, INAH, p. 5)

Es decir, lo que la lectura de Wolf nos indica, es que podemos decir que no existía una “cepa” pura, ni un “homotipo americano”, una pareja gemela primigenia que entraba al Edén por la puerta de Bering: hubieron varios pueblos amurios y mongoloides que, en su búsqueda por las presas de caza, comenzaron a repoblar un continente jamás tocado por la huella humana y, desde luego, por la huella divina, eclosión de la primera, engendradora de culturas y divinidades: no es por nada la diferencia física, de osatura y complexión craneana que existe entre tarahumaras, yaquis, mayas o grupos indígenas del centro del país. Y esto, desde luego, en el sobre entendido de que no existe más que una sola raza, la humana; y en el no menos entendido, siguiendo a Julian Steward, maestro de Wolf, de que los grupos humanos son moldeados por los mecanismos de selección natural, la adaptabilidad a contextos geográficos distintos, y los diversos cambios en el clima y en las altitudes (Wolf, p. 33).

Tuvieron que pasar 600 generaciones, 18,000 años, para que todo ese inmenso continente, que no tenía nombre, que no se llamaba América, pero tampoco Abya Yala, y que se nombraba según las comarcas que iban conociendo y apropiándose las bandas humanas, se poblara. Esta idea va en contra de los fundamentalistas de toda laya. Como sostiene Canclini, todos somos parte de la gran cultura híbrida, todos somos parte de la diversa y compleja condición humana, y la cultura, toda cultura, es un accidente del tiempo. Un asombroso accidente del tiempo y, por lo tanto, no intemporal.

Jorge Daniel Alvarado Cauich: el ambientalista de San Antonio Tuk

Jorge y su madre
Jorge y su madre, el día de su defensa de tesis, en el Tecnológico de Felipe Carrillo Puerto.

Hoy quiero comentar la historia de mi amigo Jorge Daniel Alvarado Cauich. Jorge, más conocido como “El Puma”, es originario del pueblito de San Antonio Tuk, del municipio de José María Morelos, Quintana Roo, ahí nació hace 32 años, y es hijo de Alicia Cauich Nahuat.

Todos los días, Jorge trabaja en la limpieza de los cubículos, de las áreas verdes, de los pasillos y escaleras de la Universidad Intercultural Maya de Quintana Roo (UIMQROO). De cuerpo menudo y de hablar pausado, metódicamente Jorge cumple al día con su labor de dejar en óptimas condiciones los recintos de la UIMQROO, laborando en el área de servicios generales y mantenimiento. Es un hombre sencillo, es un hombre de la región, del campo: en una palabra, es un gran ser humano.

Yo no sabía que Jorge había trabajado duro para terminar su bachillerato, tampoco sabía que de 2002 a 2008, estudió en el Instituto Tecnológico de Felipe Carrillo Puerto, la Ingeniería Industria en Desarrollo Empresarial. Por un accidente en el pie, Jorge no pudo titularse en ese tiempo.

De su periodo como estudiante en “el Tec de Carrillo”, Jorge, mayahablante y de escasos recursos, sólo pudo terminar todos sus créditos, recuerda, gracias a la inestimable ayuda que le otorgó Miguel Ángel Pat, el otro “Puma”, prefecto del Colegio de Bachilleres de José María Morelos: los viernes, sábados y domingos, Jorge ayudaba a Pat en trabajos de electricidad y plomería, y con la paga que recibía, fue como pudo solventar sus gastos de estudiante. Mientras tanto, su madre le ayudaba en lo que podía: vendiendo ciruelas, dulces de nances y otros frutos de la región.

Este julio que viene, Jorge cumplirá seis años laborando en la UIMQROO. Hace aproximadamente un año, Jorge comenzó a colaborar en un proyecto de investigación que coordinó el ingeniero Ángel Be Aké, del Tecnológico de Carrillo, con el fin de obtener el título y graduarse como ingeniero industrial. Sacándole tiempo al tiempo y horas a la madrugada, este valioso ciudadano de San Antonio Tuk pudo terminar hace unos días su cuenta pendiente con su formación profesional: desprendida del proyecto de investigación a cargo de Ángel Be Aké, Jorge defendió, ante sus hoy pares ingenieros, su trabajo de investigación científica  titulado Periodo y condiciones de incubación de aves exóticas en peligro de extinción.

Habría que decir, además, que junto con otros alumnos y siempre bajo la mirada atenta del ingeniero Be Aké, Jorge participó en la implementación y construcción de una incubadora especial donde se desprendió su tesis, importante para la ayuda que se le dará al crecimiento poblacional de las aves exóticas de Quintana Roo, y que se encuentran en peligro de extinción. En su defensa de tesis, la madre de Jorge, doña Alicia Cauich Nahuat, se sentía orgullosa de su hijo, que a pesar de las condiciones adversas, llevó el título de ingeniero a su humilde casa de San Antonio Tuk.

Interesado en materias “duras” que tienen que ver con la programación computacional, la física, la química y las matemáticas, el interés de Jorge, me hace saber, estriba en la protección ambiental y el trabajo ecologista. Jorge busca con tesón una beca para especializarse en esta área del conocimiento científico. ¡Felicidades, Jorge!